Javier Sierra entrevista

Relajado, con una amplia –y enigmática sonrisa- me encuentro a Javier Sierra momentos antes de hablar de su obra ante sus seguidores de Fuenlabrada. En todo el mundo son una legión. Devoradores de las historias que cuenta – con un rigor extraordinario- una de las voces y las letras más prestigiosas de nuestro país. Y también de fuera, donde se leen por millones sus novelas. Bien lo saben El maestro del Prado y La cena secreta. Esta última llegó a entrar en el Top 10 de las más vendidas en Estados Unidos.

Vamos, que tener delante a alguien como Javier Sierra, ‘El Guardián de los Libros’, es un lujo. Para mi al menos. Y más cuando comparte su trabajo, reflexiones y toda una vida dedicada al misterio y los libros a escasos minutos de abrir su espíritu literario al resto de sus lectores.

¿Qué representan para Javier Sierra, como persona, periodista, escritor e investigador, este tipo de encuentros con sus lectores?

Estos encuentros son una manera de renovar mis votos con los lectores. Y también una oportunidad para tomarle el pulso a las inquietudes, intereses y motivaciones que tienen los que han leído mis obras y que sirven, a la vez, como de guía o de pista para los asuntos que voy a escribir próximamente. Yo suelo ser muy generoso compartiendo los asuntos en los que estoy, las dudas, los problemas, los interrogantes sobre los que construyo mis novelas. Y viendo un poco cómo es la reacción del lector, a veces puedo servirme de ella para priorizar un proyecto u otro. Luego para mí son muy importantes estos encuentros.

En toda su obra hay una impresionante labor de investigación. ¿Qué pautas siempre se deben cumplir cuando escribe una novela?

La primer necesidad que yo tengo antes de escribir un libro es la de acotar el tema de ese libro en una pregunta. Y todo lo que hago después (viajes, entrevistas, investigación, incluso redacción), va siempre orientado hacia tratar de responder esa pregunta. A veces son preguntas que no tienen respuesta. Por ejemplo: ¿hay vida después de la muerte? Yo no soy capaz de responder algo a lo que la humanidad lleva desde el principio sin poder responder. Pero intento aproximarme con las herramientas de la imaginación para tratar de dar una solución a ese problema.

¿Podemos saber cuál es la pregunta sobre la que trabaja actualmente?

Pues mira la pregunta en la que llevo tres años trabajando y que es un poco el germen de lo que será mi próximo proyecto es una pregunta un tanto filosófica, que se han hecho muchas grandes civilizaciones a lo largo de la historia y es: ¿de dónde vienen las ideas?, ¿cuál es el origen de la creatividad humana? Bueno pues hacia la respuesta de esa duda he enfocado toda mi actividad en estos años, para tratar de escribir un libro que intente responder a eso.

Vamos a sumar esta nueva novela a otras anteriores. De acuerdo con eso, ¿recuerda cuál ha sido la que más complicaciones le ha supuesto?

La que estoy haciendo (ríe). Horrible (sonríe). Tres años tratando de averiguar de dónde vienen las ideas. Repasando desde las musas del mundo clásico al espiritismo en época moderna, donde ha habido grandes autores como Yeats, el poeta, o Valle Inclán en España, que asistían a sesiones de espiritismo tratando de encontrar inspiración. O Víctor Hugo, por ejemplo, que también tenía una mesa parlante en su exilio en Jersey, con la que trataba de comunicarse con el espíritu de su hija difunta.  En fin, todo eso ha pasado por mi cabeza y ha sido muy complicado, o está siéndolo porque todavía no la he terminado, poner todo eso en orden y tratar de encontrar un hilo conductor que sea fácil para el lector. Uno de mis lemas propios de trabajo es intentar hacer fácil lo difícil (sonríe), y eso es más complicado de lo que parece.

Voy a coger una de sus novelas: El maestro del Prado, donde aparecía como el discípulo de un misterioso personaje. Viendo el bagaje de Javier Sierra y las masas que mueve, ¿se puede decir que el discípulo ha superado al maestro?

Yo sigo considerándome discípulo y un principiante. Y aunque sé que esto puede resultar raro a alguno de mis lectores, cada vez que empiezo un proyecto literario nuevo tengo la sensación de estar empezando de cero. No doy por ganado ningún territorio. Tengo que demostrarme a mí mismo muchas cosas con cada nuevo libro. Y eso hace que todavía no esté en la posición de considerarme maestro de nadie. Sí que me siento cómplice de muchos. Es decir, que mis libros son una manera de compartir mis inquietudes con los lectores, pero no creo que esté encima de un pedestal y que la comunicación que yo tenga con mis lectores sea de arriba abajo. Más bien comparto con ellos inquietudes, les ofrezco mis lugares donde he descubierto cosas que me sorprenden y se las brindo para que ellos también se sorprendan y se embarquen en la misma búsqueda que yo (hace una pausa).

Si algún mérito tiene mi literatura, y me gustaría que se me recordase por eso en los años venideros, es que ayuda a cambiar el punto de vista del lector. Lo descentra del materialismo imperante, de los dogmas, de las ideas cerradas… Y hace que la visión que tiene el lector con mis novelas se parezca más a la visión del niño que está excitado porque descubre cosas nuevas en cada lugar, que no por la visión del maestro que le da un punto de vista dogmático y cerrado de la realidad.

De aquí se entiende que en su perfil de Twitter se defina como Homo Quaerens (‘El hombre que se pregunta’). Esto, que a mi juicio ha sido básico para el desarrollo de la humanidad, ¿se está perdiendo o estoy siendo demasiado catastrofista?

Creo que (hace una pausa) si hay riesgo de que se pierda ese hombre que se pregunta se debe únicamente a la pereza. El ser humano tiende a la pereza; y cuantos más medios tiene a su disposición, más perezoso se vuelve. El hombre que se pregunta en el siglo XXI es alguien que se acerca a Internet, teclea en Google el concepto que le interesa en ese momento, le viene dado de manera fácil, lo utiliza en el momento oportuno, pero al minuto se le olvida. Y si tiene que volver a ese concepto, sabe que va a recurrir de nuevo a Google y lo va a encontrar. Ese hombre que se pregunta es un hombre que no se construye, porque lo interesante del conocimiento es que te empape y que tú te lleves ese aprendizaje para el resto de tu vida. Ese es el miedo que yo tengo de esta época.

La otra cara de esa moneda es la facilidad de acceso a la información. Más que nunca, por así decirlo.

Eso es. Una cosa que tiene increíble esta época, es que nunca en la historia de la humanidad hemos tenido tanto acceso al conocimiento humano, generalista y especializado. Jamás. Ojalá sirva, pero esto lo dirán los siglos, para construir una humanidad mejor. Ojalá.

Su otra gran faceta es la de investigador del misterio ¿Cuál ha sido el momento más arriesgado que ha vivido en este campo?

Quizá el momento más arriesgado, al menos en lo físico, fue cuando decidí escalar el Monte Ararat en Turquía, una cumbre de 5.165 metros de altura, sin experiencia previa en escalada de alta montaña. Pero estaba tan determinado a ver el lugar donde dice la tradición que cayó el Arca de Noé, que no me importaban los miles de metros de altura en los que estaba ese glaciar, y me embarqué en una peripecia que estuvo a punto de costarme la vida. No lo hizo porque iba muy bien acompañado por César Pérez de Tudela, al que tuve la oportuna idea de pedirle recomendación y ayuda. Y el hombre, lejos de limitarse a ser un mero asesor, se ofreció a acompañarme. Entonces gracias a eso pudimos llegar al lugar que yo quería y pude salvar mi vida de las inclemencias de un 5.000.

Pero también te digo que volvería hacerlo. Porque para qué sirve la vida si no es para de algún modo jugar con ella. Una vida es para consumirla, para vivirla, para emplearla en algo que es más grande que la vida misma. Y en ese punto estoy muy determinado a volver a repetir ese tipo de aventuras.

¿Recuerda el primer encuentro que tuvo con el misterio?

Fue siendo muy niño. Y es un encuentro que te va a parecer muy simple pero en el fondo es muy profundo. Yo pasé mi primera infancia, hasta los catorce quince años, en Teruel, que en aquella época tenía 25.000 habitantes. Yo vivía a las afueras de la ciudad y para ir al colegio pasaba la frontera donde se acababa lo urbano y empezaba el campo. En invierno se hace de noche muy pronto y en algunas ocasiones salía de clase cuando ya era completamente de noche y tenía que volver a mi casa atravesando un descampado. Ese camino que yo hacía con nueve años me obligaba muchas veces a levantar la vista al cielo, y ver un cielo oscuro, lleno de estrellas, donde se veía perfectamente la Vía Láctea. Y a fuerza de ir debajo de ese cielo, una noche tras otra, tras otra en los inviernos escolares de aquellos inicios de los ochenta, yo empecé a hacerme grandes preguntas. Empecé a preguntarme si estábamos solos, qué lugar ocupábamos en el Universo, por qué yo había nacido en esta roca cósmica y no en cualquier otro lugar… Empecé a hacerme esas preguntas y de ahí surgió mi interés.

Todo lo que cuenta se da en una época, los ochenta, donde el misterio tiene un especial protagonismo.

Es cierto. Es una época en la que había muchos estímulos para que yo me hiciera esas  preguntas. Carl Sagan estaba con su serie Cosmos, se emitían también series de televisión que ya nadie se acuerda, como por ejemplo Proyecto UFO, que era una serie que había pagado la Fuerza Aérea de los Estados Unidos para recrear el proyecto Libro Azul de investigación oficial de OVNIS en los años sesenta en Estados Unidos. Es decir, que el tema cósmico estaba en el ambiente. Pero a mí, por alguna razón que nunca podré explicar, esas influencias me atravesaron el alma y ya nunca me abandonaron.

¿Cuál es, a su juicio el mayor enigma, que le queda a la humanidad por descubrir?

El mayor enigma, desde el principio al final de los tiempos, al que se ha enfrentado, se enfrenta y se enfrentará la humanidad se resume en una sola palabra de cuatro letras: vida. Ahí está todo. No sabemos qué hay antes de la vida; no sabemos cómo se forma exactamente la vida a partir de materia inerte; pero tampoco sabemos qué es lo que pasa después de la vida, si queda algún remanente de energía, si queda algo de la conciencia humana.. ¡No lo sabemos! Hemos construido una civilización alucinante sin responder a los paréntesis que acotan nuestra existencia en el Universo. No sabemos lo que hay antes del paréntesis inicial ni después del paréntesis presuntamente final. (Hace una pausa) La vida es el mayor misterio.

No me puedo ir sin preguntarle por Milenio 3, donde además era ‘El guardián de los libros’. ¿Cómo vivió esa etapa en el programa y qué ha supuesto para la historia de la radio de este país?

Efectivamente Milenio 3 ha escrito una página muy brillante en la historia de la radio, independientemente de misterio o no misterio, porque ha ocupado algo que es fundamental en la radio y que muchas veces se olvida. La radio es palabra, es tradición oral, contar historias. La radio no se limita a dar una noticia, ni al comentario político, es contar una historia. El que hace radio se convierte en una especie de chamán, como el que nos contaba las historias hace miles de años frente al fuego. Esa era la función que cumplía Milenio 3. Iker lo tenía claro desde el primer minuto y escribió una página brillante de la radio.

Y sin embargo y tras más de una década en antena, el reconocimiento institucional nunca llegó.

Es profundamente injusto y una inmoralidad que ha Milenio 3 no se le hubiera dado un Premio Ondas de radio, es una inmoralidad de la historia de la radio de este país. Y el Premio Ondas lamentará no habérselo concedido. Luego lo han intentado dándoselo a Cuarto Milenio. No es lo mismo, ¡No es lo mismo! Y ese es un defecto que ha tenido este país, pero en el fondo da igual. Iker, el equipo, yo mismo, estamos tan acostumbrados a navegar contracorriente y a saber que lo importante es el trabajo y no los reconocimientos al trabajo, que eso queda en un segundo término.

¿Esperamos los fans, entonces, que algún día volverán?

Yo el único deseo que tengo es que cuando Iker esté cansado de la tele, que llegará un momento en el que evidentemente se agotará, y cuando seamos un poquito más mayores, nos podamos volver a reunir delante de un micrófono los fines de semana para poder seguir cantando esas historias como se merecen (sonríe).