Vilhelm Hammershøi: el silencio que se hace pintura suena en el Museo Thyssen

Hay artistas cuya obra se mueve o nos mira desde una mezcla en principio poco posible, y sin embargo, aunque escasa, real. Es la fusión del susurro y el canto alto. El nombre del artista que lo logra: Vilhelm Hammershøi (1864-1916), el pintor danés que convirtió el interior de sus casas en escenarios de introspección y el aparente vacío en personaje central. El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza acoge en Madrid la primera gran retrospectiva en España dedicada a este maestro del silencio, que consigue que te detengas frente a sus obra como si te gritaran desde ellas. Reúne la muestra noventa óleos y dibujos de Hammershøi y de algunos de sus contemporáneos, y con ellos nos ofrece una poderosa aproximación a sus sus 51 años de vida.

Pese a las dimensiones de su obra, Hammershøi cayó en el olvido con la llegada de las vanguardias.  Fue en la década de 1980, con exposiciones en Dinamarca y fuera de sus fronteras, cuando su obra ha recuperado el interés del público.

El subtítulo de la exposición, ‘El ojo que escucha’, sugiere la conexión entre la pintura de Hammershøi y la música, entre la calma aparente de sus cuadros y el silencio lleno de profundidades que los llena.

La muestra explora los temas que recorrieron su obra: la influencia de su esposa Ida Ilsted, la depuración de interiores domésticos, la relación entre arquitectura, paisajes y figura humana, y la autorrepresentación del artista en los últimos años de su vida. Tras su paso por Madrid (hasta el 31 de mayo), la exposición continuará su itinerancia en la Kunsthaus Zürich (Suiza).

Obertura: la mirada que define un estilo

Desde sus primeras obras, Hammershøi desarrolló motivos que marcarían toda su trayectoria. Tras formarse en las Frie Studieskoler (Escuelas de Estudios Libres), en los años 1880 comienza a pintar paisajes y figuras. Sus primeros envíos a los salones oficiales daneses provocaron tanto críticas como aplausos y defensores, quienes le animaron a fundar la Frie Udstilling en 1891, un salón independiente donde expuso obras como ‘Retrato de Ida Ilsted’ y ‘Tarde en el salón. La madre y la mujer del artista’.

Su estilo está cargado de simbolismo y esteticismo con figuras ensimismadas y fondos austeros.

Ida: musa y presencia constante

Ida Ilsted, su esposa desde 1891, aparece tanto idealizada como cercana y vulnerable en los lienzos de Hammershøi. Obras como ‘Dos figuras’ exploran la interacción entre ambos, alternando la distancia y la cercanía, mientras que retratos como el pintado en París muestran un hieratismo que recuerda al arte clásico.

Interiores: conversaciones silenciosas

Los interiores son la seña de identidad de Hammershøi, divididos entre estancias con figuras y espacios vacíos. Entre 1898 y 1909 vivió en Strandgade 30, Copenhague, donde pintó más de 60 interiores. La luz y el vacío se convierten en protagonistas: en ‘Rayos de sol. Strandgade 30’, la luz atraviesa ventanas cerradas y las motas de polvo parecen bailar en el aire, invitando al espectador a detenerse.

Paisajes: la soledad fuera de casa

Hammershøi retrata también la ciudad y el campo, pero con un importante matiz: desprovistos de presencia humana. Desde vistas de Copenhague como Plaza de Amalienborg hasta paisajes rurales suaves y planos, transmite una quietud que contrasta con la vida urbana y revela su sensibilidad simbolista.

Últimos años: introspección y autorretrato

A partir de 1908, tras dejar Strandgade 30, el artista retoma la figura humana en grandes formatos y composiciones íntimas, explorando la representación del cuerpo y la propia condición de pintor. En 1911 se autorretrata frente al espectador, pincel en mano, mientras ocupa el apartamento de Strandgade 25, donde viviría hasta su muerte en 1916.

Hammershøi nos invita a entrar en un mundo donde el silencio, la luz y la introspección no son solo temas, sino protagonistas. Su obra demuestra que lo que no se dice puede ser, a veces, lo más elocuente. y, también, lo más bello.

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