Carlos Zanón: «En una novela no te puedes permitir regates, tienes que marcar gol»

Leer a Carlos Zanón siempre es un ejercicio de riesgo. Pero no de riesgo por la probabilidad de equivocarte al elegir, sino porque sabes que va a tocar y hurgar y clavarte ese colmillo finísimo, lírico y delicadamente brutal, y te va a dejar sin aliento. Esta vez ha superado todas las anteriores, y era muy difícil hacerlo. Su nueva obra (lo suyo es obra que no libro), ‘Objetos perdidos’ (Salamandra), es una barbaridad por dentro y por fuera. Cada palabra, cada escena, cada movimiento, cada diálogo, cada adjetivo han sido pulidos hasta una extenuación que no se nota, pero que hace posible que leas la novela como si fuera el último vaso de agua que vas a beberte en la vida. Sí, agua, porque al menos para una abstemia tiene todo el sentido.

Lo primero, un verso que ya anticipa mucho: «Yo vivía como la palabra socorro».
El verso es tan bueno que da miedo decir nada más. Quizás vivir como si estuvieras a punto de pedir ayuda…, y no llegar a hacerlo

Es de Félix Grande, pero una gran parte de nosotros hemos vivido así alguna vez o muchas veces… Lo valiente es decirlo, reconocerlo.
Lo valiente es no avergonzarte después de pedir socorro.

¿Lo has conseguido? ¿O tal vez nunca has llegado a pedir socorro?
No he pedido socorro. O no de una manera tan directa; supongo que de alguna manera indirecta sí que pides que te ayuden, pero intentas no cogerte del cuello y hundirte. Entonces no he tenido esa sensación de vergüenza. Quizá porque si he pedido socorro no ha sido a cambio de nada, sino que he intentado dar algo.

Y lo más difícil: dejar de vivir así…
A veces el mayor miedo es tener miedo

¿Escribir ‘Objetos perdidos’ te ha alejado de la palabra ‘socorro’?
Siempre escribo desde lo autobiográfico, para después ir a por la ficción que es la gran aventura. Escribir me ordena, me hace escribir qué me está pasando, darle un orden que en la vida no puedes darle. Pero sin escribir yo no me salvo.

¿Y eso es que te separa de la palabra?
Sí, eso es lo que me aleja de la palabra socorro.

La otra cita que ‘presenta’ la novela «Tiempo en que la gente no se suicidaba sino que se colgaba de un árbol» tiene mucho que ver con su protagonista, Álex… ¿Y contigo?
Valentín es amigo mío y un gran escritor y quería una cita suya pero a veces las palabras sofistican los hechos. Tú te cuelgas de un árbol. Depende de quién lo explica dirá que te suicidaste. Es lo mismo que ante quitarse la vida, hay quien ve valentía y quien ve cobardía.

No es cuestión ni de cobardía ni de valentía, es cuestión de desesperación, desesperanza y dolor, ¿no crees?
Estoy de acuerdo. Pero ya sabes que quitarse la vida es un acto de valentía, pero quitarse de en medio es un acto de no querer seguir luchando, y para algunos puede ser un acto de cobardía, pero no lo veo ni en un sentido ni en otro. Es querer que pare el dolor.

El arranque de la historia sigue siendo fundamental para ti: «A la gente no le gustan los Niños Gordos, ni siquiera cuando se esconden en Niños Delgados»…
Total. Los buenos días empiezan casi todos con buenas canciones.

¿Cuál escuchas tú?
Me gusta mucho una de los Rolling Stones que da título a uno de los capítulos.

El personaje de Lola no era lo que esperaba, pero ¿a veces es lo que no esperamos lo que mejor nos viene?
Creo que nos gustaría ser la persona que no somos. En ello andamos todo el tiempo.

¿Lo consigues? ¿O solo escribiendo es posible?
Todos queremos que las próximas veces estemos a la altura éticamente de lo que nos gustaría. No sé, que si vienen los nazis no delatemos a Ana Frank. Mi manera de intentarlo es escribir.  También me gustaría estar a la altura a nivel personal.

En Carlos Zanón no hay nada de ‘objeto perdido’. Es lo contrario. Y vuelves a demostrar tu altura literaria y tu profundo respeto a la literatura.
No creas. Dudo mucho de mí, de mi lugar, de si tengo o no suficiente talento… De los otros, de si me valorarán, de si esto o lo otro. Pero luego, me pongo, me levanto y digo que no hay otra: hay que ser uno y levantarte.

¿No “molesta” que sigan nombrándote ‘el escritor de Barcelona’ como si eso fuera una categoría?
Total. Es pura pereza muchas veces. Para mí es un orgullo que me mencionen en una liga donde está Mendoza, Sagarra o Vázquez Montalbán. Me da igual la clasificación. Yo hablo de la metrópoli, de la ciudad que engulle a la gente pero que también les da el anonimato, la libertad al precio de la soledad.

Ya estás en la colección de Narrativa, no en la de novela negra, un paso más lejos del encorsetamiento… Con todo mi respeto a la novela negra, pero con la comprensión de que no deja de ser en casos como el tuyo una etiqueta que no es real.
Son cosas de la editorial. Pero soy de los que lucho para que el género no oculte lo literario. ‘Corazón tan blanco’ o ‘Mystic River’ son novelas negras. Por si alguien se quiere enterar…

¿Qué es lo que más miedo te da cuando escribes?
Cuando escribo, nada.

¿Y, en concreto, si hablamos de esta novela?
Que no gustara, que me dejara en el montón de escritores del montón.

Vuelvo a Barcelona, creo que, en realidad, lo que buscas es el escenario urbano, la ciudad, como personaje y no tanto Barcelona. Es como si a García Márquez lo hubieran llamado el escritor de Macondo…
Sí, la ciudad metrópoli me interesa. Poder ser lo que quieras. Poder morirte y que nadie se dé cuenta. Es maravilloso y terrible, Houellebecq dice que uno no puede ser feliz en una ciudad porque pasan demasiadas cosas todo el tiempo y es así.

Tus personajes necesitan una ciudad…
Para perderse. Todos queremos ir lejos, ser otros y encontrar el camino a casa más que casa.

Personajes que siempre, esta vez puede que más, que están en sitios que no todos están dispuestos a nombrar. ¿Por eso usan la palabra ‘desaparecer’?
Desaparecer como desconectar, no contestar al teléfono, no ser educado ni amable.

Y hablando de palabras, ¿cómo llevas esta moda que se ha impuesto de emplear términos tan ‘terribles’ como “epicentro”? Igual es la IA… Ahora ya no es todo «mítico», ahora todo es el «epicentro» de algo…
Como tú, supongo: con cara de cachondeo.

Porque tú eres un escritor muy preciso, alejado de la vulgaridad de lo artificiosamente retorcido, más cerca de Juan Ramón Jiménez en esa búsqueda de la palabra exacta…
Una vez escuché a Camarón cantar: «Al nacer, Dios te condena a muerte». Es eso, decir lo sencillo pero con un anzuelo por debajo. No siempre, en la novela no todo ha de ser sonajero pero sí, no perderte en regates, marcar gol.

¿Cuánto tiempo te ha llevado pulir el lenguaje de esta novela?
Todo, enderezarme de la vida y escribir la novela: cuatro años.

Enderezarte la vida…; ¿cuánto te ha curado escribir esta historia?
Todo. Ya está escrito. Has de vivir para escribirlo. Vivido y escrito.

Vivido y escrito, y ahora del lector :¿qué es lo que más querrías que encontraran en ‘Objetos perdidos’?
Esa ballena blanca de alta literatura popular.

No creo que se pueda hablar del modo que lo haces tú del ser humano sin una experiencia vital muy fuerte…
Es así.

Del mismo modo que no creo que una persona frívola y superficial pueda escribir una gran novela…
Puede redactar pero no escribir. Estoy de acuerdo contigo.

¿Eres tu peor crítico?
No, no. Yo me perdono demasiado.

¿El amor es la droga absoluta? He leído que así lo has dicho por ahí…
Totalmente. Con todos los estadios de la droga.

¿Y el desamor?
Literariamente dota de mucho más contenido…El desamor son las agujetas. Dejar de amar a quien has amado es áspero, duro, claro, pero son agujetas.

¿Necesitabas hablar del dolor de la pérdida?
No lo sé. O de hacerme mayor y perder cosas para siempre.

En 2014 hablamos de la batalla contra la pérdida del deseo, ¿cuál es la batalla ahora?
La misma. Siempre es la misma.

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