El egoísmo silencioso y su alargadísima sombra

Hay una forma de egoísmo que es muy difícil de detectar porque viene disfrazada de fragilidad. Es la de quien, ante las responsabilidades de la vida, que a veces se tornan francamente fuertes, se deja llevar por el «no tengo fuerzas», «no puedo con todo», «lo que me ocurre es demasiado difícil». Sí, la vida es difícil. También puede ser agotadora. Y nadie debería minimizar eso. Pero una cosa es reconocer el cansancio y otra convertirlo en una coartada para huir.

Porque cuando esa actitud se instala, deja de ser un momento y se convierte en una forma de vivir. Todo se pospone, se evita y se justifica.

Las decisiones importantes se aplazan indefinidamente, los problemas se miran desde la distancia y las responsabilidades se van dejando caer sobre otros: la familia, la pareja…, cualquiera menos uno mismo. Y en el peor de los casos ni siquiera sobre otro. En una suerte de espera a que la resolución vendrá sola.

El problema no es sentirse perdido o desbordado en algún momento. Eso es humano. El problema aparece cuando esa sensación se convierte en una identidad.

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