Moisés Bentata: «Durante mucho tiempo, el arte contemporáneo se ha percibido como un territorio complejo e incluso exclusivo; nosotros queremos romper con ese estigma»

El artista y gestor cultural ceutí Moisés Bentata (1963) entiende la creación como una toma de posición ante el mundo. Su obra, metáforas plásticas donde conviven palabra, materia y estructura, reflexiona sobre la identidad, la memoria, la libertad y el flujo de información que atraviesa la vida contemporánea. Con una formación en Sistemas de Información que ha marcado el rigor arquitectónico de sus composiciones, Bentata combina pensamiento técnico y reflexión humanista. Además de su trayectoria artística, es el impulsor y director de ARTIST 360, una feria que busca acercar el arte contemporáneo al público desde su propuesta: el arte no debe intimidar ni pertenecer a una élite, sino convertirse en una experiencia cercana capaz de generar preguntas, emoción y conciencia.

¿Podría definir su arte? ¿Y de dónde nace?
Mi trabajo se construye a través de metáforas plásticas. Utilizo la palabra, la materia y la superposición de planos como herramientas para reflexionar sobre lo que acontece en nuestras vidas: la identidad, la libertad, la memoria, la información. Mi obra nace de una actitud muy concreta: la no indiferencia. De la necesidad de no permanecer al margen de lo que ocurre a nuestro alrededor. El arte, para mí, es una forma de posicionamiento, una manera de transformar inquietudes en materia visible.

Hay una relación directa entre sus estudios en Sistemas de Información y su obra, ¿siempre?
Diría que la relación existe, pero principalmente en el plano técnico y estructural. Mi formación en Sistemas de Información me ha dado una manera de pensar organizada, casi arquitectónica. Eso se traduce en composiciones geométricamente equilibradas, en una construcción rigurosa y en una cierta obsesión por la estructura. Sin embargo, el contenido de mi obra no nace de la tecnología, sino de la reflexión humana. La técnica ordena; la inquietud interior es la que impulsa.

¿Ha sido, entre otros, uno de sus mayores intereses reflejar el impacto del lenguaje en nuestro pensamiento?
Ha sido uno de los ejes centrales. Me inquietaba profundamente cómo la comunicación escrita puede transformar nuestra forma de pensar. Las palabras no son inocentes: construyen relato, generan identidad y modelan nuestra percepción de la realidad.

¿Huye del arte para unos pocos y de ahí también el enfoque de la Feria de Arte que dirige ARTIST 360?
No, no se trata de huir de nada, sino de comprender una realidad. Cuando comienzo a conectar con el mercado del arte, percibo la enorme complejidad que supone para muchos artistas proyectar su trabajo. Esa experiencia, vivida también desde mi condición de creador, me llevó a pensar que era posible desarrollar un modelo de feria diferente: más accesible, más pedagógico y más humano. Un espacio donde el arte no se perciba como un territorio reservado a unos pocos, sino como una experiencia abierta, comprensible y disfrutable.

¿Qué es lo mejor que le pueden decir de ARTIST 360?
Que alguien me diga que se ha sentido cómodo, que ha entendido lo que estaba viendo, que ha podido preguntar sin sentirse fuera de lugar. Eso, para mí, es lo más valioso. Si ARTIST 360 consigue que el arte deje de intimidar y se convierta en una experiencia próxima y real, entonces estamos cumpliendo nuestro propósito.

¿Es una buena manera acercarse a esta Feria para perder ese ‘temor’ lo contemporáneo?
Precisamente ese es uno de nuestros objetivos. Durante mucho tiempo, el arte contemporáneo se ha percibido como un territorio sofisticado, complejo e incluso exclusivo. Nosotros queremos romper con ese estigma. Cuando el espectador entiende que no necesita saberlo todo para disfrutar una obra, el miedo desaparece. El arte contemporáneo no es un código secreto; es una conversación abierta.

¿Y su obra, la considera también una manera atractiva de entrar en el arte contemporáneo?
Creo que sí. Mi obra puede tener distintas capas de lectura, pero no exige un conocimiento previo. Me interesa que quien se acerque pueda entrar desde su propia interpretación. No busco que se entienda en un sentido académico, sino que se conecte. Y esa conexión no depende de ser iniciado, sino de estar dispuesto a mirar.

¿Qué es lo más difícil de comisariar em una Feria de estas características?
La convergencia. Una feria reúne una enorme diversidad de estilos, lenguajes, sensibilidades, galerías, artistas e intereses. El verdadero reto está en lograr que toda esa pluralidad conviva con coherencia, que no sea solo una suma de propuestas, sino un relato articulado. Comisariar una feria es encontrar el equilibrio entre libertad y dirección, entre diversidad y criterio. Cuando esa convergencia funciona, el visitante lo percibe aunque no sea consciente de ello.

¿Y lo más satisfactorio?
Responder a las múltiples expectativas de quienes forman parte de la feria: los expositores  y los visitantes. Una feria es un punto de encuentro, y cada participante llega con ilusiones, objetivos y necesidades distintas. Lo más satisfactorio es percibir que esa experiencia ha sido positiva para todos. Después de ocho ediciones, cuando ves que muchos repiten, que el público crece y que los artistas encuentran oportunidades reales, entiendes que el modelo funciona. Y eso es profundamente gratificante.

¿Cómo se combina trabajar por un lado en el sector tecnológico con su actividad artística? ¿Cuánto hay de intuición y cuánto de reflexión en su trabajo?
Hay un equilibrio entre ambas, como en casi todo en la vida. La intuición es el impulso inicial: esa primera sensación que te dice por dónde empezar. Pero la reflexión es la que da forma. Sin intuición no hay emoción; sin reflexión no hay coherencia. Mi trabajo —como artista y como director— necesita de las dos.

¿Cómo empieza una obra suya?
Generalmente con un concepto o una idea que me inquieta. Antes de empezar a trabajar físicamente, intento resolver mentalmente su traducción plástica: cómo debe construirse, qué materiales utilizar, qué estructura necesita para que el mensaje sea coherente. Cuando siento que esa idea ya tiene una forma posible, entonces comienza el proceso material. Es un tránsito del pensamiento a la materia.

¿Cómo comenzó ARTIST 360?
Comenzó desde mi experiencia como artista participando en distintas ferias. Al vivir ese entorno desde dentro, pude identificar cuáles son las verdaderas respuestas que un creador necesita encontrar en este tipo de eventos: visibilidad real, diálogo, contexto, acompañamiento y oportunidades. Esa vivencia me llevó a preguntarme si era posible plantear un modelo diferente, más consciente de las necesidades del artista y más cercano al visitante. ARTIST 360 nace de esa reflexión y de esa experiencia directa.

¿Dónde está o se traza la línea que diferencia el arte de lo que no lo es?
Para mí, la diferencia está entre el arte y el artificio. En el arte se percibe pensamiento, intención, profundidad. Hay una búsqueda real detrás de la forma. Y, sobre todo, hay una capacidad de conmover: algo se activa en ti, aunque no siempre sepas explicarlo. Después del encuentro con una obra auténtica, no sales exactamente igual. El artificio, en cambio, puede tener un reclamo estético inmediato, incluso resultar atractivo, pero no trasciende. No genera una transformación interior ni plantea una pregunta que permanezca. Más que una línea teórica, es una experiencia que se siente.

¿Utiliza en el arte la IA?
No la utilizo en mi proceso creativo actual, pero la considero una herramienta más. No le tengo ningún rechazo. Como toda herramienta, su valor depende del uso que se haga de ella. Puede ser un recurso interesante si está al servicio de una intención artística real. Lo que marca la diferencia no es la tecnología en sí, sino el pensamiento que la sostiene.

¿Cree usted que le haría bien a los políticos, en general, dar más relevancia a la cultura?
La cultura es un contrapeso necesario para cualquier sociedad. Nos ayuda a pensar, a cuestionar, a matizar y a comprendernos mejor como comunidad. No es un adorno; es una herramienta de construcción colectiva. El problema es que la cultura requiere tiempo: tiempo para educar la mirada, para formar pensamiento crítico, para generar impacto real. Y vivimos en una época dominada por la inmediatez y los resultados rápidos. La política, en muchas ocasiones, funciona en clave cortoplacista. La cultura, en cambio, trabaja a largo plazo. Quizá ahí esté el desafío: entender que invertir en cultura no da réditos inmediatos, pero sí construye sociedades más sólidas.

Y para terminar: ¿qué le diría a alguien que dice que no le gusta el arte?
Le diría que el arte no es solo una cuestión de gusto, sino de experiencia. No se trata de que algo te guste o no, sino de permitirte el acercamiento. Cuando uno se detiene frente a una obra y se da el tiempo de mirarla, puede descubrir que activa preguntas, emociones o reflexiones inesperadas. A pequeña escala, en lo individual, el arte ejerce ese contrapeso que la humanidad necesita en su conjunto: nos obliga a parar, a pensar y a sentir más allá de lo inmediato. A veces no es que no nos guste el arte; es que no nos hemos dado la oportunidad de escucharlo.

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