
Nadie aprende a ser adulto sin antes haberse sentido perdido
Ser adolescente nunca ha sido fácil. Y, sin embargo, cada generación de veteranos insiste en repetir que ahora lo tienen todo y que no saben lo complicado que era antes.
Como si la dificultad de crecer pudiera medirse en comodidades materiales o en el precio de los móviles.
La adolescencia es un lugar incómodo y lleno de aristas. Una estación de paso donde el cuerpo va por delante y la cabeza llega después y a veces un poco tarde. Donde todo se vive por primera vez y, por tanto, con una intensidad desconocida y desbordante.
El primer rechazo no es un rechazo: es el rechazo. La primera ruptura no es un aprendizaje: es una catástrofe.
A los adolescentes se les exige que maduren rápido, pero se les trata como si no entendieran nada. Se les reprocha la impulsividad, la fragilidad, la exageración, sin recordar que esas mismas características son el peaje del crecimiento. Nadie aprende a ser adulto sin antes haberse sentido profundamente perdido.
A lo mejor en lugar de señalarlos podríamos acompañarlos más. Y, sobre todo: mejor.