El relato: «¿Quién está ahí?»

Había dejado de temer todo aquello que desde niña tanto la había atemorizado, ese mundo negado por el raciocinio y que a Blanca le resultaba tan nítido, real y evidente como el que todos daban por válido. Lo paranormal lo llaman unos con desprecio, otros con respeto, pero para ella hacía tiempo que había dejado de ser necesario ponerle un nombre a aquello que podía sentir y que formaba parte de su realidad, aunque no fuera una realidad que pudiera compartir con cualquiera.

Su abuela paterna la había ayudado, pero ella también había puesto mucho de su parte para aceptar que había oscuridad y que podía sentirla, percibirla, reconocerla incluso cuando no era capaz de explicar de dónde procedía. No se lo contaba a casi nadie y tampoco explicaba qué veía, qué recibía, qué notaba o por qué había una grieta en una pared del pasillo que, desde que entró en aquel piso, le había provocado escalofríos. No era una grieta especialmente grande ni tenía nada que pudiera llamar la atención de cualquiera que pasara por delante, pero Blanca había sentido algo extraño desde el primer día, una incomodidad que no había podido atribuir al lugar, a la humedad o al estado de la vivienda.

—No tiene por qué ser alguien —le había dicho una persona de confianza, alguien conocedor de muchos secretos de ese universo tan despreciado—. A veces se trata de energías malas.

Blanca había intentado no darle demasiadas vueltas a aquella explicación, aunque en el fondo había algo que le decía que no estaba equivocada al sentirse incómoda allí. Si pudiera cambiarse de piso, lo haría sin dudarlo. Procuraba no pensarlo para que no estuviera siempre presente, pero a veces le resultaba inevitable. No lo temía, al menos no como lo habría hecho años atrás, pero tampoco conseguía ignorarlo. Había intentado lo que le habían dicho que hiciera, había abierto las ventanas, había cambiado algunas cosas de sitio, había tratado de llenar la casa de luz y de hacer que aquel lugar se sintiera suyo, pero había algo asfixiante que permanecía allí, algo que le robaba energía. A veces, cuando salía a la calle y le daba el aire y la luz, sentía como si se quitara una pesada mochila de encima. Volvía a respirar con normalidad, tenía la impresión de que los pensamientos se le ordenaban y hasta veía las cosas con mayor claridad. Entonces pensaba que quizá estaba exagerando, que no era más que una mezcla de sugestión, cansancio y recuerdos de las cosas que había vivido desde niña.

Hasta que una noche ocurrió algo que ya no pudo explicarse de esa manera. Era tarde. Había estado leyendo en el salón y decidió ir a la cocina a por un vaso de agua. Cuando regresaba por el pasillo escuchó un ruido detrás de ella, algo parecido a un golpe seco, aunque no demasiado fuerte. Se volvió inmediatamente, convencida de que quizá había caído algo. No había nada. Miró hacia la pared y allí estaba la grieta. Durante unos segundos se quedó quieta, observándola, hasta que escuchó otro sonido, esta vez más claro, procedente del interior de la pared. No era un golpe. Parecía un roce, como si alguien estuviera pasando lentamente la mano por el otro lado.
Blanca no se movió. El sonido volvió a producirse. Retrocedió un paso y en ese momento escuchó su nombre. No fue un susurro claro, ni una voz como la que había escuchado otras veces en su vida .

—¿Quién está ahí?

No obtuvo respuesta. Volvió a mirar la grieta y entonces se dio cuenta de algo que la dejó paralizada. Había aumentado, no mucho, pero estaba segura de que aquella mañana no tenía aquella forma. Una línea fina que antes terminaba a la altura del rodapié ahora descendía un poco más y se abría hacia un lado. Se acercó, apoyó los dedos sobre la pared y sintió un frío intenso que le recorrió la mano y le subió hasta el brazo. Retiró los dedos de inmediato. Fue entonces cuando escuchó tres golpes. Desde dentro de la pared.

Blanca se apartó y permaneció unos segundos mirando aquel punto sin saber qué hacer. Después corrió hasta el salón, cogió el teléfono y llamó a la persona que llevaba años ayudándola a entender aquello que los demás no comprendían. No le contó todo al principio. Le dijo únicamente que había ocurrido algo en la pared, que había escuchado golpes y que la grieta parecía haber cambiado. Al otro lado hubo unos segundos de silencio.

—¿Has tocado la pared?

Blanca dudó antes de responder.

—Sí.

El silencio que siguió fue todavía más largo.

—No vuelvas a hacerlo.

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