El sabor a vacío y desolación que me deja ‘Torrente, presidente’

No lo entiendo. No puedo. Y mi hijo, con sus 16 años, tampoco. Él mismo me comentaba desanimado la gran decepción que sentía tras ver la última película de ‘Torrente’; tanta que hasta se sentía enfadado y molesto. Estafado. Engañado.

Antes de ir a verla me comentó que le interesaba ver qué tenía la cinta para que tanta gente hablara de ella; así que sacamos las entradas. Durante un rato pensé en no confesar que iba a verla, ni a los más cercanos, y llevármelo como un oscuro secreto hasta la tumba, o al nicho o el mar. Porque igual prefiero que mis cenizas las esparzan por el agua de mi Santander querida.

Qué lejos mi mar de lo que vimos mi querido vástago (tan sabio y maduro para sus 16) en una sala donde según las risas se entendía que la broma, si es que había algo de broma, o la pulla, eran de un lado o de otro. Aunque tampoco es que hubiera algo mínimamente elaborado. No hay historia. No hay argumento. Hay nada. Pero una nada que ni el más radical nihilismo contempla. Por no haber ya no hay ni la zafiedad ni el ‘cuñadismo’ ni esa gracia casposilla de sus predecesoras.

Da la sensación de que Santiago Segura ya no sabe cómo es Torrente. Pero, claro, es algo que me sucede a mí, las cifras expresan lo contrario: ha superado los 20 millones de euros, y se ha convertido en la primera producción nacional en lograrlo desde la pandemia. Es ya la película española más taquillera desde 2018.

Yo habría agradecido que alguien me avisara de lo que iba a suceder si cometía la temeridad cometida, ir a verla. Alguno de los críticos en quienes más confío, por ejemplo. Y, sin embargo, nada. No hallé el aviso de lo que iba a presenciar.

El pesar por lo que suponen las cifras que acumula esta ¿película? es grande y tan feo como esta experiencia ha sido para mí. Y para mi hijo. Y no, no tiene nada que ver con un supuesto prejuicio.

El hecho de expresarlo de este modo, que soy más de pensar en que todo tiene su público, y que una creación por el mero hecho creador que implica merece ya un respeto, tiene que ver con lo que supone. Por si estamos a tiempo de mirar qué nos está pasando.

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