El relato: «Las ausencias parciales y las definitivas»

Sintió Blanca toda la brutalidad del abandono. Su gran debilidad, su fantasma, su miedo descubierto, su terror, su herencia del pasado. No había habido un abandono como tal. Era algo temporal, como cuando ingresan a alguien en un lugar para que descanse, para que se recupere, para que encuentre un espacio donde reconstruirse. Pero ella no podía vivirlo de esa manera. Sobre todo porque no lo sentía así. No lo percibía como un retiro necesario ni como una pausa beneficiosa. Lo sentía como una ausencia. Y las ausencias, para Blanca, siempre habían tenido el mismo nombre.

Siempre había detestado que las personas intentaran explicarle lo que estaba viviendo. Que le dijeran cómo debía interpretarlo. Que trataran de convencerla de que aquello no era lo que ella estaba viendo.  Porque Blanca confiaba en sus percepciones mucho más que en las explicaciones ajenas. Lo había hecho desde niña. No porque se considerara especial, sino porque la experiencia le había enseñado que cada vez que ignoraba aquella voz silenciosa que surgía desde algún lugar profundo de su cuerpo, terminaba arrepintiéndose. A lo largo de los años había aprendido a escuchar las pequeñas señales.

Las tensiones apenas perceptibles en una conversación. Las palabras que escondían otras palabras. Las despedidas que parecían provisionales y acababan siendo definitivas. Las promesas que sonaban vacías antes incluso de incumplirse.

Cuando era pequeña no sabía poner nombre a aquello. Solo sentía una inquietud extraña. Una sensación física que le recorría el estómago y el pecho cuando algo no encajaba. Los adultos solían decirle que exageraba, que era demasiado sensible, que imaginaba problemas donde no los había. Con el tiempo descubrió que la mayoría de las veces tenía razón.

Por eso había desarrollado una fe casi absoluta en su intuición.

No necesitaba pruebas. No necesitaba explicaciones. Había aprendido a reconocer los movimientos invisibles de las personas mucho antes de que se manifestaran.

Quizá por eso sufría tanto. Porque su historia estaba llena de abandonos. No de esos abandonos evidentes que aparecen en las películas o en las novelas. Nadie la había dejado sola en una estación de tren. Ningún amante había desaparecido de la noche a la mañana. Ningún amigo había cortado toda comunicación sin motivo aparente. Los suyos habían sido abandonos más discretos. Más difíciles de explicar. Personas que seguían presentes y, sin embargo, ya no estaban. Personas que continuaban ocupando espacio físico en su vida pero que habían dejado de acompañarla de verdad. Y esos abandonos parciales habían terminado resultando incluso más dolorosos que los definitivos. Porque obligaban a convivir con la esperanza. Porque siempre existía la posibilidad de que las cosas mejoraran. Porque siempre quedaba una última conversación pendiente, una explicación futura, una promesa de cambio. Blanca había pasado años esperando esos cambios. Hasta que aprendió a dejar de esperar. Era entonces cuando terminaba las relaciones.

No por falta de amor. No por falta de paciencia. Sino porque llegaba un momento en el que el dolor se hacía insoportable.

Una angustia lenta y constante comenzaba a ocuparlo todo. Dejaba de dormir bien. Dejaba de concentrarse. Empezaba a interpretar cualquier silencio como una amenaza. Cualquier distancia como una despedida. Y cuando alcanzaba ese punto, ya no había vuelta atrás. Era ella quien se marchaba. La que pronunciaba las últimas palabras. La que cerraba la puerta. Los demás siempre pensaban que había sido una decisión repentina. No entendían que la despedida había comenzado mucho antes. Que llevaba meses, a veces años, acumulándose en silencio.

Ahora sentía algo parecido. Aquella ausencia temporal activaba todos los mecanismos de alarma que llevaba dentro. Una parte de ella sabía que la situación tenía una explicación razonable. Que nadie estaba intentando dañarla. Que no existía una voluntad de abandono. Pero otra parte, mucho más antigua, reaccionaba como si estuviera reviviendo todas las pérdidas anteriores al mismo tiempo. Y esa parte no entendía de argumentos. Solo entendía de heridas. Quizá porque algunas heridas no desaparecen nunca del todo.

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