
William Gaber: “Somos lo que hemos vivido, pero también la manera en que reinterpretamos continuamente lo vivido”
La exposición del artista multidisciplinar William Gaber, ‘Umbrales’, llega a Casa de Vacas con una reflexión sobre los límites, la pertenencia y algunas fronteras. Hablamos con el artista de la memoria, la identidad y la capacidad del arte para transformar nuestra mirada.
¿Cómo presentarías ‘Umbrales’?
Yo diría que ‘Umbrales’ habla de cómo hemos creado límites, reglas e ideas para entender y ordenar el mundo y de cómo, con el tiempo, podemos transformarlos y elegir otras maneras de vivir. Los límites nunca son completamente cerrados. Siempre existe un espacio donde podemos transformar nuestra manera de ver el mundo. ‘Umbrales’ habla de ese espacio intermedio: de ese momento en el que podemos visualizar aquello en lo que queremos convertirnos, pero todavía no hemos dejado de ser lo que éramos. Por eso utilizo las celosías, las pistas de deporte, las líneas y las estructuras: delimitan, pero no dividen del todo.
¿Qué papel juega la memoria en la muestra, en tu obra, en tu vida y en tu manera de entender el arte?
La memoria es fundamental, pero no me interesa como nostalgia. Me interesa como algo vivo, que se modifica cada vez que regresamos a ella. Somos lo que hemos vivido, pero también la manera en que reinterpretamos continuamente lo vivido. Eso ocurre también con las culturas y con las ciudades. Nada empieza de cero; todo se construye sobre algo anterior.
¿Qué estructuras intervienen en nuestra manera de relacionarnos con los demás y con el mundo que habitamos? ¿Y cómo lo vemos en tu arte?
Hay estructuras físicas —la arquitectura, los muros, las ciudades, las fronteras—, pero también invisibles: el lenguaje, las normas, las jerarquías y las convenciones sociales. Haber vivido en diferentes países ha sido fundamental. Mi manera de ver el mundo y la vida se transforma a través del encuentro con el otro, de entender su cultura y su manera de mirar. No significa que deje de ser yo; significa que soy también la suma de lo que voy comprendiendo.
¿Qué líneas de investigación se dan cita en ‘Umbrales’?
La arquitectura y cómo condiciona nuestra experiencia; los límites y las fronteras; la pertenencia; el lenguaje; la memoria; la transmisión cultural; y la relación entre individuo y comunidad. Creo que todas convergen en una misma pregunta: ¿hasta qué punto las estructuras que hemos construido para organizar nuestra vida son fijas?
¿Qué umbrales no pasaría nunca como artista?
Hacer una obra en la que no crea. Dedicarse a crear es algo increíblemente afortunado y dejar de hacerlo para complacer a los demás sería una traición a mí mismo. Puedo cambiar de lenguaje, de material, de escala e incluso contradecir cosas que hice anteriormente. Eso forma parte de crear. Toda creación tiene algo de autobiográfico y la evolución del trabajo es inevitable. Tampoco me interesa decirle al espectador qué debe pensar. Para mí una obra es más una pregunta que una respuesta.
¿Transforma el arte?
Sí, aunque no creo que el arte transforme el mundo de una manera inmediata. Puede inspirar, provocar ideas y despertar emociones que terminen siendo transformadoras en quien lo mira. Su capacidad de transformación es más silenciosa. El arte puede cambiar la forma en que miramos y, cuando cambia nuestra mirada, también puede cambiar nuestra relación con aquello que estamos mirando. Para mí, ese pequeño desplazamiento ya es importante. Una obra no tiene que darte una respuesta; a veces basta con que consiga que salgas con una pregunta que antes no tenías.
¿Y el de la cultura?
Muchísimo. La cultura es probablemente una de las estructuras más poderosas que construimos colectivamente porque determina, muchas veces sin que seamos conscientes, cómo entendemos el mundo. Pero tampoco es algo estático que recibimos y debemos conservar intacto. Está hecha de encuentros, préstamos, desplazamientos y transformaciones. Cada generación recibe algo y lo vuelve a interpretar. Esa idea de transmisión y transformación está muy presente en ‘Umbrales’.
¿Cómo y de qué manera está presente tu propia trayectoria vital?
Muchísimo. He vivido entre distintos territorios y contextos culturales, y eso inevitablemente modifica la forma en que uno entiende ideas como identidad, pertenencia, frontera o casa. Con el tiempo he dejado de entender esas experiencias como una necesidad de elegir entre un lugar y otro. Me interesa mucho más el territorio que aparece entre ambos.
¿Una exposición construida desde las relaciones?
Sí. De hecho, creo que la relación es más importante que los elementos individuales. Las obras dialogan entre ellas, pero dentro de cada obra ocurre lo mismo: una forma adquiere significado dependiendo de la forma que tiene al lado. Es algo parecido al lenguaje. Una palabra aislada significa algo, pero dentro de una frase puede significar mucho más. Me interesa pensar la exposición de esa manera: como una conversación en la que ninguna pieza existe completamente sola.
¿Qué puede encontrar el espectador en tus líneas, estructuras, sombras o pájaros?
Puede encontrar pistas, pero espero que no encuentre instrucciones.
¿Cuántas conversaciones contigo mismo hay detrás de cada obra?
Demasiadas (risas). Trabajo mucho desde la duda. Una obra suele empezar con una idea bastante clara y después comienza una conversación muy larga entre esa idea y lo que la obra va pidiendo. Hay decisiones que tomo yo y otras que parece tomar la obra por mí. Y creo que llega un momento en el que tengo que dejar de hablar. Saber cuándo una obra está terminada también consiste en aceptar que ya no me pertenece completamente y que empieza su conversación con quien la mira.
Pintura, escultura e instalación, ¿con qué te identificas más ahora?
Cada vez me cuesta más separarlas. Pienso en una idea y después intento encontrar qué lenguaje necesita. Ahora mismo la instalación tiene una presencia importante. Pero sigo necesitando la pintura y el dibujo. Son, en gran medida, el lugar donde empieza todo.
¿Y la arquitectura?
La arquitectura es para mí ese sueño que no llegué a cumplir. De pequeño soñaba con ser arquitecto y, por diversas circunstancias, no lo estudié, pero sigue siendo una de mis grandes pasiones. Creo que la arquitectura refleja nuestro interior y, al mismo tiempo, influye en quienes somos. Me interesa como contenedor de la experiencia humana y por eso atraviesa prácticamente toda mi obra. La celosía me interesa especialmente porque contiene una contradicción muy hermosa: separa y une al mismo tiempo. Protege sin cerrar, deja pasar la luz y permite mirar.
¿Por qué necesitamos delimitar y ordenar el espacio?
Creo que necesitamos establecer límites para orientarnos, protegernos y hacer comprensible el mundo. El problema empieza cuando olvidamos que esos límites los hemos construido nosotros y comenzamos a tratarlos como verdades inamovibles. Muchos de los límites que imponemos nos proporcionan una falsa sensación de seguridad, una relación imaginaria entre lo propio y aquello que está fuera. Creemos que controlamos nuestro entorno, pero en realidad controlamos muy poco.
Individuo, comunidad y pertenencia en su arte…
Podemos creer que vivimos aislados y que somos completamente independientes, pero formamos parte de una enorme red de interdependencias. Para mí, pertenecer no significa desaparecer en el grupo; significa reconocer las relaciones que hacen posible nuestra individualidad. Todos nos sostenemos unos a otros. Es fácil pensar que un conflicto que ocurre lejos o entre otros no tiene nada que ver con nosotros. Sin embargo, vivimos en un mundo tan interconectado que sus consecuencias terminan atravesando fronteras y afectando la vida cotidiana de personas que aparentemente no tenían ninguna relación con él.
Sus preocupaciones…
En el trabajo, cómo construimos las ideas que terminamos considerando verdades: cómo levantamos límites, cómo decidimos quién pertenece y quién queda fuera, cómo heredamos estructuras sin preguntarnos de dónde vienen. Y me interesa especialmente la posibilidad de transformación. No tanto destruir esas estructuras como preguntarnos cuáles siguen teniendo sentido y cuáles deberíamos ser capaces de modificar.
¿Somos demasiado individualistas?
Creo que a veces olvidamos hasta qué punto dependemos de los demás. Existe una narrativa muy fuerte de autosuficiencia, pero prácticamente nada de lo que hacemos ocurre de manera completamente individual. No me interesa negar la individualidad; al contrario. Me interesa pensar cómo puede existir dentro de una comunidad. Cada quien su isla parte precisamente de esa paradoja: todos somos una isla y, al mismo tiempo, ninguna isla existe realmente sola.
¿Temes la IA o le gusta?
No le temo, pero tampoco creo que debamos relacionarnos con ella ingenuamente. Me interesa como herramienta y, sobre todo, como una transformación cultural que ya está modificando nuestra manera de producir y acceder a las imágenes y al conocimiento. Como artista, me parece mucho más interesante preguntarme qué cambia con ella que intentar negarla. Cada nueva tecnología obliga al arte a reconsiderar qué significa crear. Lo que sí me importa es que la herramienta no sustituya la intención, la experiencia y la responsabilidad de quien crea.
La historia también tiene su importancia en lo que crea, ¿verdad?
Sí, porque nada de lo que hacemos empieza con nosotros. Vivimos rodeados de capas anteriores: arquitectónicas, culturales, familiares, políticas. Incluso cuando no somos conscientes de ellas, condicionan nuestra manera de mirar. En la serie ‘Monumentos’ esto aparece de forma muy evidente. Un monumento puede permanecer físicamente durante siglos mientras cambia completamente nuestra manera de interpretarlo. La piedra puede seguir en el mismo sitio, pero nosotros ya no somos los mismos. Para mí, la historia no es algo inmóvil que quedó detrás de nosotros; es algo que seguimos reinterpretando desde el presente.
¿Cómo te parece que nuestra sociedad deja visibles sus ideas?
Las hacemos visibles constantemente: en la arquitectura, en las leyes, en los monumentos, en las fronteras, en la manera de organizar las ciudades y también en aquello que decidimos conservar o destruir. Me interesan especialmente los monumentos porque convierten literalmente una idea en materia. Una sociedad decide qué considera suficientemente importante como para ocupar un espacio público y permanecer en el tiempo. Pero las ideas cambian aunque el objeto permanezca. Por eso un monumento puede convertirse también en una conversación entre distintas épocas. Creo que es importante intentar comprender la historia dentro del contexto en el que ocurrió, incluso cuando la miramos críticamente desde el presente. Si eliminamos todas las huellas del pasado porque ya no representan nuestros valores actuales, corremos también el riesgo de perder referencias que nos permiten entender de dónde venimos y cómo hemos cambiado.
¿Qué cree que podemos hacer desde donde cada uno está para hacer el mundo un poco mejor? ¿Y el arte, qué papel juega en ello?
Quizá empezar por algo muy sencillo: estar dispuestos a cuestionar algunas de las certezas con las que organizamos nuestra relación con los demás. Escuchar más, aceptar que nuestra manera de ver el mundo no es la única y entender que dependemos mucho más unos de otros de lo que solemos admitir. También creo que hay algo todavía más sencillo: vivir con más agradecimiento y ser más amables con los demás. A pesar de todos los problemas que existen, tenemos la enorme fortuna de vivir en un momento que nos ofrece posibilidades, conocimientos y libertades que durante gran parte de la historia no existieron. No creo que el arte tenga que resolver los problemas del mundo. Creo que puede generar diálogo, crear un espacio en el que podamos volver a mirar aquello que creíamos conocer. Si una obra consigue desplazar ligeramente nuestra mirada, abrir una duda o permitirnos imaginar otra posibilidad, para mí ya está haciendo algo importante.