
El relato: «Tu sombra intacta»
Lo sostuvo entre los dedos unos segundos, como si pesara más de lo que debería. Como si dentro no hubiera solo papel, sino una decisión más. Miró en la dirección en la que había desaparecido el coche; después, el sobre. No lo abrió allí.
Se incorporó despacio, con el sobre entre los dedos, y volvió a mirar alrededor. La calle seguía con su ritmo ajeno, indiferente.
Blanca reanudó la marcha, esta vez con un destino claro: una cafetería a media manzana, con ventanales amplios y gente suficiente como para diluir cualquier atención excesiva. Empujó la puerta, el sonido de la campanilla le resultó tranquilizador, y se sentó, como siempre fuera el lugar que fuera, en la mesa más alejada de la entrada. Y ella, nunca de espaldas. Dejó el sobre la mesa.
Durante unos segundos, lo observó, miró fijamente el sobre, como si pudiera anticipar su contenido solo con mirarlo, o adivinarlo. Lo abrió: dentro, una única hoja, y una fotografía. Cogió primero la imagen; al verla, se le cortó la respiración: era ella entrando en el edificio de aquella noche. La imagen estaba tomada desde arriba, con un ángulo imposible a simple vista. Tragó saliva, o lo intentó, la boca estaba seca, intentó respirar con calma o calmar la respiración, un pinchazo en el estómago la obligaba a recuperar el ritmo respiratorio. Contó y llamó a su abuela mentalmente.
Dejó la fotografía sobre la mesa, y entonces leyó el papel. Una frase, sin firma: «No sabes quién falta».
Blanca parpadeó una vez, lentamente. Luego otra, iba a frotarse los ojos pero no lo hizo para no extender la máscara de pestañas y parecer una muñeca vieja y rota. Su mente empezó a reconstruir cada detalle de aquella noche. Y, de repente, algo no encajó. Algo que había pasado por alto. Algo que no estaba. Alzó la vista recorriendo la cafetería.
Ya no era una cuestión de si la vigilaban, sino desde cuándo, y, sobre todo, quién más había estado allí.
El café llegó sin que lo pidiera y Blanca alzó la vista. El camarero lo dejó sobre la mesa con un gesto neutro, casi automático.
—Invita la casa —dijo y se marchó antes de que ella pudiera responder.
Blanca bajó la mirada hacia la taza. El café humeaba, y durante un segundo pensó en no tocarlo, en que podría estar envenenado.
Dudaba si levantarse, salir y así romper el ritmo que alguien parecía haber marcado por ella. Entonces sintió un movimiento detrás.
—No deberías estar aquí.
La voz llegó desde su espalda. Blanca cerró los ojos un instante, conocía esa voz. Se giró despacio sin levantar la mano de la imagen. Y allí estaba, mucho más cerca de lo que esperaba.
—Llegas tarde —dijo ella.
Él esbozó una media sonrisa que no alcanzó a sus ojos.
—Tú has llegado demasiado pronto.
Se sentó frente a ella sin pedir permiso, su mirada fue directa al sobre abierto, a la fotografía, al papel.
—Así que ya han empezado —añadió.
Blanca lo observó con detenimiento, como si lo viera por primera vez.
—No han empezado ahora —respondió—. Tú lo sabías.
Él apoyó los codos en la mesa, entrelazando las manos.
—Sabía que podía pasar.
—No —cortó Blanca, inclinándose ligeramente hacia delante—. Sabías que iba a pasar.
Un segundo de tensión. Él desvió la mirada, lo justo. Error.
Blanca sintió cómo algo encajaba en su interior, una pieza que hasta ese momento había estado suelta.
—No vayas sola —repitió ella en voz baja—. El mensaje era tuyo.
Él volvió a mirarla, esta vez sin máscara.
—Sí.
—¿Por qué? —preguntó Blanca.
Él dudó.
Y esa duda fue más elocuente que cualquier respuesta.
—Porque no sabes lo que firmaste.
—Claro que lo sé.
Él negó, despacio.
—Sabes lo que te enseñaron.
Silencio. Ruido de tazas al fondo.
—Entonces dímelo tú —dijo Blanca, casi en un susurro.
Él se inclinó aún más, reduciendo la distancia entre los dos a algo íntimo.
—Falta una persona en esa foto —señaló con la mirada—. No es un error.
Blanca notó cómo la piel se le erizaba. —Ya lo sé.
—No —repitió él—. No lo sabes.
Pausa.
—Esa persona nunca debía estar ahí.
Blanca lo miró, inmóvil.
—Pero estuvo —añadió él—. Y alguien se ha encargado de borrarla.
El mundo pareció detenerse un segundo.
—¿Quién?
—Esa es la pregunta equivocada.
Blanca frunció el ceño.
—¿Entonces cuál es la correcta?
—Por qué tú sigues en la foto.