Antonio Pedrero: «Madrid ha ganado en universalidad, pero también en incomunicación»

La trayectoria de toda una vida difícilmente cabe en una exposición, pero también en una conversación. A sus 87 años, el pintor Antonio Pedrero mira hacia atrás sin la nostalgia inmóvil de quien se rinde o se cansa, sino con esa curiosidad que le llevó a Madrid siendo apenas un adolescente. La ciudad, Zamora, el arte, la memoria y, sobre todo, esa necesidad constante de seguir descubriendo han marcado más de siete décadas de creación.

Con motivo de su exposición antológica en Casa de Vacas (hasta el 27 de septiembre), Pedrero repasa para esta entrevista algunos de los momentos, lugares y personas que han definido su camino. Desde aquel Madrid de los años 50 que recorría con fascinación hasta La Golondrina, la obra que considera uno de los grandes homenajes a su infancia y a un mundo que ya ha desaparecido. Porque, después de 75 años entre pintura y escultura, Antonio Pedrero sigue encontrando en cada lienzo una nueva aventura.

Si pudiera volver por un día a aquel Madrid de los años 50, ¿qué lugar visitaría primero y qué buscaría en él?
El estanque del Retiro que lo pasé tantas veces y el monumento a Cajal de Victorio Macho. Ese «Fons Vitae» y «Fons Mortis» donde descansaba.

¿Le enseñó algo Madrid que no podía haber aprendido en Zamora?
Madrid fue clave de mi formación artística y humana. Fue una curiosidad constante, y Zamora ha sido un desarrollo de esas múltiples curiosidades.

¿Hay algún artista madrileño que sintiera especialmente cercano cuando llegó con 14 años?
Mi primer amigo madrileño fue Manuel Alcorlo a los 14 años, en el antiguo Casón, dibujando. Ha fallecido recientemente. Fuimos compañeros de curso en Bellas Artes y amigos toda la vida. Es uno de los mejores dibujantes españoles del siglo XX y un amigo inolvidable.

¿Qué ha perdido Madrid con el paso de las décadas y qué ha ganado? Si es que considera que ha ganado algo…
Quizá ese aire provinciano que tanto me atraía. Indudablemente, ha ganado en universalidad, pero también en mayor incomunicación.

¿Qué sería lo primero que pintaría si tuviera usted ahora 20 años y llegara a Madrid?
El estanque del Retiro y la poética evocadora que encierra. Quizá algún día lo pinte en este Madrid soñado.

Usted llegó a Madrid siendo casi un niño. ¿Qué fue lo que más le costó?
Fue un cambio muy brusco. El cambio de mis amigos de correrías infantiles por todos los buenos compañeros y compañeras del curso 1953-58, y los nuevos ‘amigos’ como Velázquez, Goya, Zurbarán, Rivera, El Greco…

Después de más de siete décadas pintando, ¿qué sigue buscando cuando se pone delante de un lienzo o ya no hay nada parecido de lo que buscaba al principio?
Pintar encierra una nueva aventura siempre, y siempre encuentras algo nuevo. Todo depende de tu curiosidad.

¿Hay alguna obra de esta exposición que hoy mire de una manera diferente a cuando la realizó?
Al ser una antológica, claro que va cambiando «tu» mirada y eso también se hace notar inevitablemente en tu trayectoria. Es tu propia evolución vital, un recorrido de vida y de tu propia evolución.

¿Existe alguna pieza que le haya costado especialmente terminar o que haya marcado un antes y un después en su trayectoria?
Sí, existen obras que han sido vitales de mi trayectoria y que aquí pueden verse pero obedecen a la exigencia interna de cada autor y a cada momento de su «parto».

¿Qué le sigue emocionando después de tantos años frente a la pintura?
El pálpito creador, la sorprendente creatividad.

¿El tiempo ha hecho que sea más exigente consigo mismo o, al contrario, más libre?
Creo que más elegante y a la vez más libre.

Si tuviera que elegir una sola obra de las expuestas para explicar quién es Antonio Pedrero, ¿cuál sería y por qué?
Sin duda, el «Bar La Golondrina», que era el Bar-restaurante que mis padres tenían en la Plaza Mayor de Zamora. Es más que un cuadro. Es un homenaje a mi infancia, juventud, a mi familia y a una sociedad muy diversa y querida que poco a poco desaparece, que ya no existe.

¿Qué le gustaría provocar en quienes visiten la exposición?
Las diversas sensaciones mostradas y la inquietud que como autor genera.

¿Ha sido difícil enfrentarse a toda una vida artística y decidir qué entra y qué queda fuera de una antológica como esta?
Sí, la selección ha sido confusa y a veces difícil. Son setenta y cinco años de pintura y de escultura, centenares, miles de piezas, resumidas en un centenar.

¿Qué tiene Zamora para entender su pintura?
Creo que es clave: su color, su gente, su geografía paisajística y humana.

¿De qué cuadro siente más orgullo y de cuál se arrepiente?
Me arrepiento del que esté por hacer y me siento orgulloso de «La Golondrina» entre otros. Cada uno es una parte de mi vida.

¿Ha habido algún momento en el que pensara en abandonar la pintura?
No nunca, ha habido momentos más fuertes y otros más débiles, como en la música.

A los 87 años, ¿le sigue dando miedo algo como artista?
Más que miedo, respeto. Y la certeza de que físicamente vas contando, notando los años. Todos tenemos fecha de caducidad.

Si pudiera sentarse hoy con aquel niño de 14 años que llegó a Madrid, ¿qué le diría?
Que no pare de tener curiosidad por las cosas; que la vida nos muestra lo mejor y lo peor y tenemos la obligación de elegir todo lo mejor, con mucho ánimo siempre.

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