El relato: ‘Ángulo muerto’

Sacó el teléfono mientras caminaba, pero no lo miró. Lo sacó porque le daba miedo que se pulsara alguna tecla dentro del bolso y marcara un número y llamara a alguien. Era una manía que conservaba. O que no había logrado deshacerse de ella.

Con él había de tener mucho cuidado, cualquier palabra, mensaje, conversación, gesto, dato, foto se podía volver en su contra.

No tardó en sonar: tres pitidos, notificaciones. Dos llamadas perdidas y un mensaje nuevo de un nombre que conocía demasiado bien. Él. Lo abrió sin detenerse, sin ponerse las gafas, lo leyó mientras cruzaba la calle sin mirar. «No vayas sola». Blanca se detuvo con tanta brusquedad que estuvo a punto de perder el equilibrio. Los tacones. Durante un segundo, tal vez dos, sintió vértigo, vértigo real. Y no por el aviso, sino por lo que implicaba: alguien más entendía exactamente a qué se enfrentaba. Quizá ella había subestimado hasta dónde llegaba todo aquello.

Guardó el móvil sin responder; y no porque no quisiera, sino porque no sabía qué decir sin abrir una grieta que luego no pudiera cerrar. Siguió caminando, esta vez más despacio, midiendo cada paso como si el suelo pudiera moverse o abrirse. El mensaje seguía latiendo en su cabeza: No vayas sola. No le parecía una sugerencia, aquello estaba más cerca de la advertencia.

Al girar la esquina, se detuvo frente al escaparate de una tienda cerrada: miró su reflejo, superpuesto a los carteles descoloridos del interior. Se observó buscando en su rostro una respuesta. Tenía mala cara, y parecía mayor de lo que parecía hacía unas horas. O eso era lo que a ella le parecía que le mandaba el reflejo de vuelta. Mientras examinaba y criticaba sus rasgos, sus ojos, su boca, su nariz, lo entendió.

Alguien más había estado observando todo el tiempo. Blanca alzó la vista, recorriendo la calle con una atención que desde fuera podía parecer exagerada, desesperada, enfermiza. Nada parecía fuera de lo normal y al tiempo todo podía ser relevante. Posible. No era capaz de saber si alguna de las personas que había en la calle la estaba mirando, siguiendo, observando, buscando. Sintió un leve escalofrío.

Reanudó la marcha, esta vez con una decisión distinta, más dura. La duda era quién iba a llegar antes. No tuvo que esperar mucho para empezar a sospechar. El mismo coche gris pasó dos veces en menos de un minuto. No era raro en una calle como aquella, pero algo en la forma en que redujo la velocidad al acercarse a ella —apenas perceptible— le dejó una sensación pegajosa en la nuca.

Blanca no giró la cabeza. No de inmediato. Siguió caminando como si no hubiera notado nada, aunque cada uno de sus sentidos se tensó. Escuchó el motor alejarse, doblar la esquina… y luego el silencio. Contó de diez a cero como le habían enseñado a hacer de niña antes de responder a un adulto. Siete. Seis. Cinco. Entonces se detuvo frente a un semáforo en rojo y, aprovechando el reflejo en el cristal de una parada de autobús, miró: el coche estaba ahí, a media manzana, detenido sin motivo aparente.

El pulso se le aceleró, pero su expresión no cambió, tantos años disimulando le habían dado ese poder. Inspiró hondo, una vez, y mientras soltaba la respiración en cuatro tiempos, cruzó cuando el semáforo aún no había cambiado. Necesitaba confirmar.

Giró en la siguiente calle acortando por un tramo más estrecho, menos transitado. Tacones contra el asfalto y el ruido que se hacía más notable. Ritmo constante, nada de carreras, caminar, tacones y mantener la respiración en tres de inspiración, dos de retención y cuatro de exhalación.

Escuchó el coche, se acercaba a ella. Blanca apretó la mandíbula e interrumpió el ritmo de la respiración, la taquicardia amenazaba.

Así que no era una coincidencia, dijo en bajo. Al final de la calle había un portal abierto, así que no lo dudó, y ahora sí corrió, entró, subió dos escalones y se quedó pegada a la pared, donde no se la podía ver desde la calle.

El coche pasó despacio, muy despacio. Se repetía que era la sensación que ella tenía, no la realidad, pero la realidad iba a llevar la contraria a su empeño. La ventanilla bajó, no del todo, pero lo suficiente. Blanca no pudo ver bien el rostro, pero sí la mano que asomó, apoyándose en el marco. Una mano masculina, sin anillos, con una cicatriz fina que cruzaba los nudillos.

El coche no llegó a detenerse y siguió, pero antes de desaparecer al girar la esquina, algo cayó sobre el asfalto. Blanca esperó. De diez a cero. Salió del portal casi de puntillas para que los tacones no hicieran ruido y caminó hasta el punto exacto.

Miró alrededor: nadie parecía haberlo notado.
Se agachó.
Un sobre.
Blanco. Sin marca. Sin nombre.

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