
El relato: «El margen de la imagen»
El hombre no avanzó. Eso fue lo primero que desconcertó a Blanca. No hizo el menor gesto por acercarse, por arrebatarle la fotografía, por imponer nada. Se quedó donde estaba, como si no pudiera o no debiera cruzar el umbral. Blanca lo observó con atención.
—Has entrado sin hacer ruido —dijo—. Pero has esperado a que lo encontrara.
El hombre inclinó apenas la cabeza.
—Tenías que verlo así.
—¿Así cómo?
—Completo.
Blanca apretó el marco con la fotografía contra su pecho.
—Entonces dime su nombre.
Silencio. Largo.
—No —respondió él al fin.
Blanca soltó una risa breve, sin humor.
—Claro. Eso sería demasiado fácil.
—No es eso —replicó él, con una calma que empezaba a resultar insoportable—. Es que si te lo digo…, no será tu recuerdo.
Ese matiz la desarmó un segundo.
—¿Y qué pasa si no lo recuerdo? —preguntó—.
El hombre la miró fijamente.
—Entonces hiciste bien en borrarlo.
Blanca dio un paso hacia él, esta vez sí.
—No —dijo, con una firmeza que no esperaba sentir—. Nadie borra algo así si «está bien». No sabes lo que era. Pero yo sí estoy empezando a saber lo que no era.
—¿Ah, sí?
—No era un error.
El silencio volvió a instalarse entre los dos, más denso. El hombre exhaló despacio.
—Siempre fuiste rápida —murmuró, casi para sí mismo.
Esa frase. Blanca la sintió como una llave girando en una cerradura antigua. Siempre. No «eres». «Fuiste».
—Ya me conocías —dijo.
No hubo respuesta inmediata. Pero no la necesitaba: la forma en que él apartó la mirada un segundo fue suficiente.
—Trabajabas aquí —continuó Blanca, uniendo piezas—. No como víctima. No como alguien al que le pasó esto.
Lo señaló con la barbilla, abarcando el despacho, las fotos, el sistema invisible que lo sostenía todo.
—Formabas parte.
El hombre volvió a mirarla.
Y esta vez no negó.
—Igual que tú.
—No —susurró Blanca—. Yo no…
Se detuvo. La imagen la atravesó sin previo aviso: una pantalla, las mismas fotos… pero antes de ser impresas. Marcadas. Clasificadas. Y su propia mano, señalando.
—Este sí.
Este no.
Este… eliminar.
Blanca dio un paso atrás.
El marco casi se le cae de las manos.
—No… —repitió, pero ya no era una negación. Era más un reconocimiento.
El hombre la observaba en silencio, sin intervenir.
—Yo ayudé a borrarlo —dijo Blanca, con la voz quebrada—. Yo…
Se detuvo. Algo no encajaba. La sensación era clara, pero incompleta. Faltaba una pieza.
—No —rectificó alzando la vista—. No fue así.
El hombre frunció el ceño.
—Lo hice —continuó ella, más firme—. Sí. Pero no porque quisiera.
Avanzó un paso. Otro.
—Lo hice para protegerlo.
Ahora fue el hombre quien se quedó quieto, paralizado y sin máscara.
—Eso crees —dijo, pero había algo distinto en su tono. Una duda.
Blanca negó lentamente.
—No. Eso lo sé.
Miró la fotografía entre sus manos: a él, a cómo se inclinaba hacia ella, a cómo ella lo miraba.
—Nunca te habría borrado para salvarme a mí —añadió en voz baja—. Pero sí para salvarte a ti.
El silencio que siguió ya no fue una cuenta atrás. Un cambio de dirección. El hombre dio un paso al fin dentro del despacho. Solo uno.
—Si eso es cierto —dijo—… entonces cometiste el peor error posible.
Blanca sostuvo su mirada.
—¿Cuál?
Él tardó un segundo en responder.
—Que ahora —dijo al fin—… ellos también lo están buscando.
Blanca sintió un frío inmediato.
—¿Ellos?
El hombre no respondió directamente.
Sus ojos se desviaron hacia el código en la esquina de la foto: A-17.
—No es un nombre —murmuró—. Es un registro.
Blanca frunció el ceño.
—¿De qué?
El hombre la miró. Por primera vez no parecía tener ventaja.
—De alguien que nunca debía existir.