
El relato: «Lo que la piel sabía»
El contacto del hombre con quien tanto había compartido en terrenos ajenos a lo sentimental cayó sobre la piel de Blanca como una ligera pero constante cascada de agua a una temperatura perfectamente medida: ni muy fría ni muy caliente. A una temperatura exacta: fresca, lo suficiente para aliviar poco a poco la asfixia del calor extremo. Su cuerpo parecía llevar horas, días, o tal vez meses, bajo el sol sin posibilidad de sombra ni resguardo. Las manos de él acariciaban su piel con el cuidado de quien toca algo que se puede romper, y al tiempo con una firmeza de la que era imposible abstraerse. Como quien acaricia una piedra preciosa: prácticamente indestructible y, sin embargo, tratada como si pudiera romperse. Única. Bella. Aparentemente frágil.
Era la primera y fue la última vez. Una única. No lo sabían, ni lo que iba a pasar ni lo que pasó, y tampoco había palabras ni promesas ni esperanzas ni sueños ni planes ni abrazos anteriores; era el encuentro que acaso no sospecharon en su parte racional pero que la carne sí sabía. Seguramente desde hacía tiempo. Sus pieles habían llegado a fundirse a través de la mente.
Llevaban años compartiendo ideas, horas, trabajos, intercambiando opiniones, discutiendo y animándose. En horas bajas y altas. Nunca Blanca tuvo la más mínima duda del vínculo que los unía. Pero, ay de su piel, de su cuerpo, de su boca, ay de todo lo que escapa al raciocinio. Bastó con que él apoyara una mano sobre su espalda. Después la deslizó lentamente hasta el cuello y acercó la boca a la suya. Tan inesperado como inevitable. Tan brutal como antiguo. El deseo salió de golpe y se abrazaron, primero con cuidado, con algo más de fuerza después.
Ella ya no recordaría nunca quién dio el siguiente paso. Si fue él quien terminó de borrar la distancia o si fue ella quien dejó de sostenerla. Solo supo que, de pronto, el mundo se redujo al espacio exacto que ocupaban dos respiraciones acompasándose sin esfuerzo, como si sus cuerpos se conocieran desde hace mucho tiempo. El beso fue largo, pero no urgente. Había en él más reconocimiento que conquista. Como si durante años hubieran estado aprendiendo el idioma del otro sin saber que un día tendrían que hablarlo con los labios.
Blanca cerró los ojos y, durante un instante, dejó de pensar. Algo extraordinario en ella, que siempre buscaba una explicación para todo. Allí no la había. Las manos de él siguieron recorriendo con una delicadeza que dolía. No porque despertaran un deseo desconocido, sino porque despertaban uno antiguo, cuidadosamente ignorado. Comprendió entonces que el cuerpo tiene memoria incluso de aquello que nunca ha sucedido. No hicieron el amor aquella noche como quienes inauguran una historia, sino como quienes llegan, sin buscarlo, al final de un camino que llevaba mucho tiempo trazándose bajo tierra. Sin estridencias. Sin palabras grandilocuentes. Con una ternura inesperada que convertía el deseo en algo casi sagrado. Después permanecieron inmóviles.
La habitación había recuperado todos sus sonidos: el rumor lejano del tráfico, una tubería que crujía, el aire acondicionado empeñado en vencer el verano. Él acariciaba distraídamente el dorso de la mano de Blanca mientras ambos evitaban mirarse durante unos segundos. No por vergüenza, sino porque los ojos, a veces, preguntan demasiado.
—¿Estás bien, Blanca?—preguntó.
Ella sonrió antes de responder.
—Demasiado.
Aquella palabra encerraba toda la felicidad y todo el miedo. Los dos comprendieron al mismo tiempo que lo ocurrido no podía repetirse. No porque hubiera sido un error. Precisamente porque no lo había sido. La vida, esa maquinaria que nunca deja de reclamar su sitio, esperaba fuera de aquella habitación. Ninguno de los dos necesitó decirlo. Se vistieron despacio. Él le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja con la misma suavidad con la que horas antes había recorrido su espalda. Blanca pensó que aquel gesto iba a seguirla durante años. Al despedirse no hubo promesas.
Ni ese «volveremos a vernos» que ambos sabían inevitable por el trabajo, ni el «tenemos que hablar», ni siquiera el socorrido «cuídate». Solo un abrazo largo, sereno, consciente de que estaba cerrando algo que acababa de nacer. Después siguieron viéndose. Las reuniones continuaron. Los mensajes sobre proyectos, las llamadas, los cafés rápidos antes de una presentación. Nadie habría sospechado nada. Ellos tampoco actuaban. Simplemente habían aprendido a guardar aquel episodio en un lugar donde no interfiriera con lo demás. De vez en cuando, sin embargo, las manos se rozaban al intercambiar unos papeles y ambos notaban el eco de aquella única noche recorriéndoles la piel con la precisión de una cicatriz que nunca termina de desaparecer.
Jamás volvieron a cruzar esa frontera.