Luis García Montero: «Nada me enorgullece más que haber compartido mi vida con Almudena Grandes»
Hay escritores que habitan la literatura con pocas dudas (aunque las generen en quienes los leen, y no en el mejor sentido) y otros que, incluso tras décadas de trayectoria, siguen mirándola con respeto y duda. Luis García Montero pertenece a los segundos: un autor consagrado en la poesía que ha encarado su recién publicada novela, ‘La mejor edad’ (Tusquets), con cautela. En esta conversación, el director del Instituto Cervantes reflexiona sobre el paso del tiempo, la vulnerabilidad, la crítica y la experiencia personal —marcada por quien fue su mujer, Almudena Grandes—.
¿Temor con esta novela?
Siempre tengo miedo con la novela, tengo más seguridad con la poesía, y hay críticas en ese terreno que ya no afectan o no tanto. Pero en novela no estoy tan seguro… Me siento más seguro en la poesía, porque es el género que más he practicado y en el que me he definido más. En ese sentido, cuando recibo críticas como poeta tengo distancia para asumirlas o no asumirlas, y pensar que muchas veces el que tiene razón soy yo. En la novela, un género que he practicado menos, estoy más abierto a las críticas
Pero a estas alturas, y con todo lo que llevas encima, una crítica o una opinión, sea de lo que sea, ya mucho no te afectará…
No, es cierto que no es lo mismo cuando eres joven que cuando te acercas a los setenta. Soy menos vulnerable ahora que a los 20 años.
¿Se siente menos vulnerable en todos los aspectos?
Cuando uno crece, sus apuestas culturales, literarias, son más sólidas. Uno tiene razones para ir descubriendo su propio mundo y para ir afirmándose, pero la vulnerabilidad existe porque cumplir años significa también convivir con la pérdida y comprender limitaciones. Yo, por ejemplo, con la muerte de Almudena, sentí que se quebraba mi idea del mundo, la idea que teníamos nosotros.
Lo que tuvo que influir en la persona que escribió la primera versión en 2017 y la que la ha reescrito ahora, es decir, en usted.
Claro, en el sentido que te decía, en el de que se quebró mi idea del mundo, es distinta la persona que escribió la primera versión de ‘La mejor edad’ en 2017 que la que la ha reescrito ahora, donde hay más preocupación por lo que significa la palabra ‘nosotros’.
¿Alguna opinión o crítica molesta o que le haya molestado?
No he tenido malas críticas. Tuve suerte con la primera novela que publiqué, dedicada a Ángel González, ‘Mañana no será lo que Dios quiera’, y ahora los amigos están siendo muy generosos conmigo. Pero la inseguridad no tiene que ver con el mundo exterior sino con la propia conciencia.
Sus personajes son un claro ejemplo de conciencia y honestidad con sus errores…
Sí, en esta novela se cruzan dos personas mayores que han vivido situaciones difíciles y que son capaces de reconocer los errores propios. Yo creo que para mantener la ilusión y la esperanza hay que reconocer los errores que uno ha cometido y comete. Hay que tener la conciencia abierta para la posibilidad de los propios errores. Mientras se culpa a otro, uno se escuda en eso y así es imposible reconocer los errores que uno comete.
No sé si hay mucha gente dispuesta a recorrer ese camino…
Siempre ha habido cierta tendencia a engañarnos, a olvidarnos de nuestros errores, pero ahora las dinámicas de las prisas y las crispaciones están acentuando esa tendencia. Y muchas veces tenemos razón al criticar a los otros en sus errores, pero es un peligro que utilicemos los errores de los otros para ocultar nuestros propios errores, y olvidar que junto a nuestros derechos están nuestros deberes y está la responsabilidad.
En ese sentido la novela da una verdadera lección de responsabilidad..
Mis personajes reconocen sus errores. Uno de ellos es abuelo además de juez y quiere comprender a su nieta antes de ser un cascarrabias. Porque cumplimos años y nos podemos convertir en unos cascarrabias, y eso es muy peligroso. Es peligroso convertirse en un viejo cascarrabias y pensar que los jóvenes son tontos.
Porque eso hace que el diálogo intergeneracional sea imposible…
Sí, claro, si nosotros convertidos en cascarrabias pensamos que los jóvenes son tontos es imposible. A mí me gustan mucho las conversaciones en familia. El tiempo convertido en mercancía de usar y tirar es terrible. Por eso me gusta que se defienda la literatura, porque es lo que nos ayuda a meternos en la piel de los demás.
En la novela se describe el alcoholismo de un modo que hace pensar que lo conoces bien…
He tenido muchos amigos alcohólicos. La poesía es un ámbito que favorece el alcoholismo. Tuve un íntimo amigo, compañero, un poeta estupendo, pero que tuvo muchas crisis y que fue internado varias veces por su relación con el alcoholismo. Se esforzó mucho en superarlo y lo superó.
También hay una loa a la belleza de las ruinas…
A mí me interesa distinguir entre lo que es un desecho, lo que es una basura y lo que es una ruina. Las ruinas históricas, las ruinas del imperio romano hablan del paso del tiempo y tienen que ver con la memoria, con la evocación de otra época…, y conservan su hermosura. Nada que ver con lo que son desechos, basuras y cosas que no demuestran el paso del tiempo sino la degradación del presente y la degradación del ser humano
¿Crees en las segundas oportunidades?
Yo creo en las segundas oportunidades. Cumplir años debe de ser intentar comprender al otro.
¿Qué hay de cierto en que escribiste esta novela para distanciarte de Almudena Grandes?
La escribí en 2017. Ella la leyó y me puso una lista de cosas que a ella no le habían funcionado como lectora. Pero empezó la enfermedad, además de dirigir el Instituto Cervantes, y dejé la novela. Tras la muerte de Almudena escribí poesía. Últimamente siempre volvía en los poemas a su enfermedad, así que decidí sacar la novela del cajón para salir de esa repetición en que estaba instalado. Y entonces me encontré con dos protagonistas: uno viudo y el otro cuidando a una mujer enferma.
¿Has corregido lo que ella te dijo?
Ella me sugirió algunas cosas y al leer con distancia la novela vi que tenía razón. Reescribir la novela ha sido ese intento de corregir lo que me había sugerido.
Pero lo fundamental, digamos el corazón de la novela ¿es el mismo?
Sí, en la idea de reconocer al otro, sí, porque eso es lo que hacen los personajes. El juez le dice al otro: “me porté fatal” y el otro le contesta: “te portaste fatal”. Y a partir de ahí la palabra es posible, el diálogo.
Sin insultos…
Es que los insultos cierran las puertas al futuro.
Pues se deben de estar cerrando muchas…
Sí, estamos un mundo crispado en el que la individualidad sustituye a las ilusiones colectivas. Intentan reunirnos en espacios de odio. Veo con horror las inercias totalitarias, el concepto de libertad envenenado. La libertad es inseparable de la igualdad.. Uno, ante esto, puede pensar que está todo perdido.
Pero…
Yo me siento en la obligación de seguir creyendo. Me atrevo a aconsejar un libro, ‘Influenciables’, de Manuel Lorente. Refleja muy bien que existen influencer, porque existen unas influencias, y estas van más por los discursos de odio. Agolpan a la gente en el rencor.
Llevas unas cuantas ‘batallas’ ya como director del Instituto Cervantes… ¿Tus condiciones?
Yo, como filólogo, la condición que puse para aceptar fue que hay que respetar la libertad de la institución.
Con las redes el respeto se complica…
Sí, ya sé que lo que son las redes para los insultos, y cómo se malinterpretan las palabras. Tanto que a veces se dice algo tan sensato que resulta un escándalo.
Te han atacado…
Yo solo digo: soy profesor de la Universidad desde 1981, y ahora, en el Cervantes, gano menos dinero que cuando era catedrático. No cobro conferencias ni colaboraciones. Otra de las cosas que me dicen, creyendo que es un insulto, es llamarme “el viudo de Almudena Grandes”. Creen que me ofende y no hay cosa que me enorgullezca más que haber compartido la vida con ella.
¿Cuál ha sido la mayor decepción como director del Instituto Cervantes?
La mayor desilusión es ver cómo la democracia se deshace en países como Estados Unidos y cómo el imperialismo cerrado quiere combatir idiomas como el español, uno de los grandes idiomas del mundo, en vez de potenciar el diálogo entre civilizaciones.
¿Qué te habría dicho Almudena de esta novela?
Que está mejor y que he solucionado lo que no funcionaba. Y me daría otros consejos. Nosotros éramos muy duros el uno con el otro con lo que escribíamos. Me habría felicitado.
¿Cuál es la mejor edad de tus protagonistas?
Los años donde han vivido una historia muy fuerte de amor.
¿Y la tuya?
Mi mejor edad es la que me devuelve a mi historia de amor con Almudena.