“Mi mayor pecado es no haber sido feliz”: cuarenta años sin Borges

Haber vivido demasiado fue su error; así lo creía el escritor y así lo dijo en más de una ocasión. El 14 de junio de 2026 hizo cuarenta años que, en la ciudad en la que residía: Ginebra, moría el bonaerense Jorge Luis Borges (1899), completamente ciego, pero fiel a la escritura, aunque fuera dictando, y a la lectura, aunque fuera escuchando.

María Kodama, que había sido su secretaria personal, fue sus ojos y sus manos. Y también su esposa (se casó con ella por poderes dos meses antes de morir). La segunda y la última. Con la primera, Elsa Astete (una viuda once años más joven que él), se casó en 1967 y apenas estuvo tres años con ella. No se conoce otra relación del escritor. Las mujeres y Borges o el infortunio de Borges con las mujeres, un capítulo de su vida que también cuenta, como cuentan todos incluso en mundos de magia y espejos o espejismos.

Su infelicidad confesa: «Mi mayor pecado es no haber sido feliz», algo que le preocupaba sobre todo por una mujer, su madre, a la que sentía haber defraudado con la ausencia de alegría. Utopía mayor que la libertad, o más o menos a la misma altura. Para el escritor el «peor de los pecados que un hombre puede cometer» era el suyo: ser infeliz.

El autor nunca reconocido con el Premio Nobel aunque sí portador del ‘apellido’: ‘el escritor más importante del siglo XX’, decía textualmente, y explicaba así porqué había tantas palabras suyas para juzgar fuera de lo exclusivamente literario: «Cometí la indiscreción de vivir muchos años».

Polémico, controvertido, difícil, y un adulto que arrastraba al niño enfermizo que había sido, compensaba aquella debilidad física con una inteligencia tan brutal como para cuestionar ‘El Quijote’ del modo que lo hizo. Lo leyó primero en inglés (tuvo una educación bilingüe, en casa hasta los once años).

Cuando lo leyó en español dijo con bárbara ironía que no le gustaba la traducción (refiriéndose al original y clavando bien hondo la lanza al caballero). También aprendió francés y alemán, y además, islandés, para poder leer sin traducciones.

Tras su muerte, su obra ha ganado algo –incluso mucho–, y es que todo aquello que decía en vida y que enturbiaba sus letras pesa menos y deja que se lea mucho mejor. Aunque una vez más, es lo habitual en todo creador, resulta difícil desligar escritor y obra.

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