
Frente a la vanidad que divide solo puede la humildad que escucha
Pocas veces el buen mensaje o las mejores intenciones o las obras con un fin bueno llaman la atención del grupo o de una parte importante del grupo –¿sociedad?– tan rápidamente como lo hacen los mensajes de odio. Aquello que habla de unirse para una reparación vengativa circula a una velocidad aterradora entre muchos. Y esta es una de las armas más potentes con las que cualquier enajenado poderoso puede llegar a movilizar a peligrosas cantidades de personas.
¿Por qué lo malo tiene ese poder?, ¿repara más una venganza que una buena obra?, ¿hace más feliz una lucha violenta que una conversación en busca de un punto en común para entender al otro?
Se habla poco del efecto del odio y su daño, del terrible avivamiento del peor instinto. Se habla poco de la llamada a la unión por causas que si se miran en otros tiempos se señalan sin dudar como horribles e irrepetibles. Y, sin embargo, aquí estamos, dejando que campen libremente las espirales de enfado y herida, dirigidas con una execrable prostitución del lenguaje en pro de los intereses de otros, algunos.
Decía el escritor Eduardo Mendoza que la vanidad es el enemigo: no puede describirse mejor. Porque detrás de muchos de esos discursos que apelan al odio fácil, a la venganza inmediata o a la simplificación de los problemas complejos, suele esconderse una necesidad de afirmación personal, de poder o de superioridad moral que poco tiene que ver con la justicia real y mucho con el ego.
Y en ese terreno la palabra se vuelve arma. Se afila y se lanza. Y en ese ejercicio se pierde el matiz, la escucha, la posibilidad de reconocer al otro como alguien que también duda, que también teme, que también se equivoca. Y cuando eso ocurre, cuando dejamos de ver personas y solo vemos bandos, el terreno está listo para que cualquier mensaje extremo encuentre eco.
Pero quizá la pregunta no sea solo por qué lo malo tiene tanto poder, sino también qué estamos dispuestos a hacer para no alimentarlo. Porque la alternativa existe, aunque no haga tanto ruido: la conversación lenta, el acuerdo difícil, la renuncia a la reacción inmediata, la capacidad de no responder con la misma moneda.
Tal vez no haya gestos más transformadores que los que no buscan victoria, sino convivencia. Que los que no pretenden imponer, sino construir. Y aunque no se compartan con la misma rapidez ni generen la misma adrenalina, son los que dejan algo en pie después de la tormenta.
Frente a la vanidad que divide, solo la humildad que escucha puede reconstruir.