
El desigual reparto de la admiración generará monstruos
Durante lo que ya bien se puede considerar demasiado tiempo, la jerarquía de nuestra sociedad ha colocado en lo más alto a determinadas profesiones asociadas al poder visible: jueces, altos cargos, figuras mediáticas. Se les concede una autoridad casi incuestionable, un reconocimiento social inmediato, una especie de ‘algo’ parecido al prestigio. Y automático. Sin embargo, en ese reparto desigual de admiración, hay dos pilares esenciales de cualquier país que siguen sin recibir el estatus que verdaderamente merecen: los profesores y los médicos.
Ambos comparten una característica que debería bastar para situarlos en la cúspide del reconocimiento: trabajan directamente sobre la vida de las personas. Los médicos sostienen nuestra salud, alargan nuestra esperanza de vida y nos acompañan en los momentos más vulnerables. Los profesores, en un plano menos visible pero igual de determinante, moldean nuestras capacidades, nuestro pensamiento crítico y, con todo ello, nuestra libertad.
Y, sin embargo, el trato que reciben dista mucho de reflejar esa importancia. Mientras que a un juez se le presupone autoridad y respeto —incluso antes de abrir la boca—, un profesor debe ganarse cada día una legitimidad que debería venirle dada. Mientras que el sistema protege a la figura judicial, médicos y docentes trabajan con frecuencia en condiciones de desgaste, cuestionamiento constante e incluso desprestigio social.
Esta asimetría no es casual, es el resultado de vivir en una cultura que valora más el poder de sancionar que el poder de construir. El juez representa la capacidad de decidir, de imponer, de dictar. El profesor y el médico, en cambio, encarnan el cuidado, la paciencia, el proceso y el progreso, porque el progreso, y eso es muy poco discutible, es de ellos. Lo paradójico es que sin estos últimos, el propio sistema que encumbra a los primeros se derrumbaría. Sin educación, no hay ciudadanos capaces de comprender la ley. Sin salud, no hay sociedad que sostener.
Revalorizar socialmente a profesores y médicos es una necesidad estructural. Implica mejorar sus condiciones y algo más profundo. Dejar de verlos como «servicios» y empezar a reconocerlos como lo que son: arquitectos del futuro.
Un país que no respeta a quienes enseñan y a quienes curan está renunciando a su propia dignidad. Y ningún sistema judicial, por brillante que sea, puede compensar ese fracaso.