
Cuando la cobardía empezó a parecer inteligencia y la valentía una forma de ingenuidad
Que ser valiente no salga tan caro, cantaba Sabina. Y había en ese verso una mezcla de verdad y derrota, aunque no total, que solo algunas canciones consiguen sostener con el paso del tiempo.
Porque ser valiente siempre tuvo un precio, pero hubo épocas en las que al menos existía cierto reconocimiento moral hacia quien decidía asumirlo. El cobarde podía sobrevivir mejor, es posible que en algunos escenarios fuera así, pero sabía que lo era. Había todavía una frontera ética, cultural y hasta o sobre todo emocional entre quien daba un paso al frente y quien prefería esconderse detrás de otros. Hoy esa frontera parece haberse borrado.
La palabra ‘valiente’ ha ido siendo despojada de su significado. Ya no describe, o no en la mayoría de los casos, a quien actúa con honestidad, sino, demasiadas veces, a quien se expone inútilmente, a quien se complica la vida por no aceptar las reglas de la comodidad general. Ser valiente empieza a verse como una falta de pragmatismo. Como el gesto ingenuo de alguien que todavía no ha entendido cómo funciona el mundo.
En cambio, la cobardía ha ido encontrando maneras de disfrazarse. Ahora se llama prudencia, inteligencia emocional, estrategia, habilidad social o capacidad de adaptación. El cobarde ya no agacha la cabeza; simplemente «sabe moverse». No evita decir la verdad porque tenga miedo, sino porque «no compensa». No calla para protegerse, sino porque «hay batallas que no merecen la pena». Y así, poco a poco, se ha ido construyendo una cultura donde evitar el conflicto vale más que sostener una convicción.
Cuesta identificar cuándo empezó a producirse ese cambio. Quizá fue gradual, silencioso o casi imperceptible. Como sucede con las grandes deformaciones culturales: nadie las anuncia, nadie las vota, nadie las decide explícitamente, pero un día uno descubre que las palabras ya no significan lo mismo que antes.
Ha ocurrido también con otras. ‘Trepa’, por ejemplo. Antes tenía una carga claramente negativa. Definía a quien avanzaba utilizando a otros, adulando al poderoso, escalando sin escrúpulos.
Hoy, en cambio, muchas veces se le llama ambicioso, resolutivo, competitivo. Incluso admirable. Lo mismo sucede con el “pelota”, figura tradicionalmente despreciada y que ahora suele camuflarse bajo conceptos mucho más aceptables: alguien que «sabe relacionarse». Quizá ahí esté una de las claves de este tiempo: hemos sofisticado la manera de nombrar las renuncias morales hasta volverlas respetables.