
El relato: «Inventario de una vigilancia»
Blanca se quedó mirando el café, ya sin humo y frío, como si en él pudiera ordenar lo que acababa de escuchar. El error eres tú. La frase seguía flotando, incómoda.
—Tengo una reunión —dijo sin levantar la vista—. Y voy a llegar.
Él soltó una exhalación breve, casi resignada.
—Claro que vas a ir —respondió—. Eso es lo que esperan.
Blanca alzó los ojos.
—¿Ellos? —preguntó.
—Los del correo no son el problema —replicó—. Son la fachada.
Blanca recogió la fotografía y la deslizó dentro del sobre con movimientos demasiado lentos, propios de ella, que cuanta mayor era su ansiedad más despacio se movía. Solo quienes la conocían muy bien sabían que era bloqueo, no control. Luego dobló la hoja con la frase y la guardó también.
—Entonces ven conmigo —dijo, directa, con una voz que no le gustó, que no la representaba.
Él negó casi antes de que terminara.
—No puedo entrar.
—Pero sí puedes vigilar desde fuera —insistió ella.
Una pausa para Blanca larga e injustificable; como si con ella la pusieran en una evidencia que detestaba. Acababa de pedir, para ella suplicar, ser acompañada.
—Puedo asegurarme de que salgas —concedió en un tono que a Blanca le retumbó en la dignidad.
No era suficiente ni creía que mereciera esa respuesta ni esa manera de decirla; sintió un golpe fuerte, seco, profundo de desprotección y frío. Asintió una vez, seca y seria, peleando contra las lágrimas que pretendían salir y con ello, para ella, terminar de humillarla, pues así era como se sentía, humillada. Se levantó, dejó un billete sobre la mesa —aunque el café hubiera sido «invitación de la casa»— y cogió el sobre.
—¿Dónde? —preguntó él.
—Castellana.
—Claro —murmuró—. Donde todo parece legal.
Salieron sin mirarse.
El edificio era de cristal y acero, impecable pero tan frío como acaban resultando ese tipo de construcciones. Demasiado limpio en su apariencia para lo que Blanca empezaba a intuir que había dentro. Se detuvo un instante antes de cruzar la puerta giratoria: su reflejo volvió a aparecer, multiplicado en los paneles. Por un segundo tuvo la sensación de verse desde fuera, como en la fotografía, como si alguien más estuviera encuadrando ese momento.
—No tardes —dijo él a su espalda.
Blanca no se giró y entró. El vestíbulo olía a pulido, ni rastro de ambientador, ese olor que enmascara y que en los sitios como aquel jamás existe. Una recepcionista, también perfectamente peinada, maquillada y ataviada, levantó la vista.
—¿Nombre?
—Blanca —respondió, sin más.
La mujer tecleó algo. Sonrió, pero no con los ojos, con esa mueca que Blanca detestaba y que seguía sin comprender.
—La están esperando.
Le indicó los ascensores con gestos suaves, aprendidos, probablemente ensayados, dejando ver unas manos cuidadas de uñas largas y de color suave. Se miró las suyas mientras caminaba hacia ellos sintiendo que las tenía descuidadas, maldiciendo no haberse dado cuenta de que tenía que haberse arreglado las manos. Pulsó el botón y escondió los dedos en las palmas.
Entró sola en el ascensor, así que una vez se cerraron las puertas se miró sin disimulo en el espejo interior. Su destino era la séptima planta, así que le daba tiempo a arreglar lo que estuviera fuera de sitio, pero el ascensor se detuvo en el tercer piso. Blanca frunció el ceño. Nadie esperaba. Las puertas tardaban en cerrarse, y Blanca las miraba con ansiedad. Entonces lo vio: una marca en el lateral interior de la puerta, pequeña, casi invisible. Pensó, segura de su pensamiento, que aquello era un símbolo. Tres líneas cruzadas formando algo parecido a una X incompleta. Su pulso se aceleró, había visto eso antes, y no en el edificio, en la fotografía.
Séptima planta. Las puertas se abrieron de nuevo. Un pasillo largo, alfombrado, silencioso y al fondo, una única puerta abierta.
Blanca salió y caminó sin que se escucharan sus pasos. Se detuvo a mitad del pasillo, algo en su interior gritaba que no avanzara, que diera media vuelta.
Llegó a la puerta y solo tuvo que llamar una vez.
—Adelante.
La voz no era la que esperaba.
Entró y lo primero que vio no fue a la persona detrás del escritorio, fue la pared, estaba llena de fotografías. Todas del mismo estilo. Misma precisión. Y en todas ellas… Ella, en distintos días, distintas horas, distintos lugares.
—Ahora entiendes por qué sigues en la foto.
Blanca giró la cabeza. Y esta vez, al ver quién estaba sentado al otro lado del despacho, sintió que algo se rompía.