El relato: «El código del olvido»

Blanca no se movió del centro del despacho. Las fotografías seguían desplegadas ante ella. Algunas estaban ligeramente torcidas, otras repetidas con pequeñas variaciones, como si hubieran sido copiadas, manipuladas…, revisadas demasiadas veces.

No era un álbum de recuerdos, no era una pared decorada con imágenes de momentos dignos de permanecer; era algo muy distinto. Lo que tenía delante era un archivo.

Respiró hondo, contó como siempre hasta cuatro, retuvo y expiró, después avanzó un paso. Ya no estaba mirando las imágenes como escenas aisladas, sino como un relato, tenían un sentido y Blanca empezaba a entender el patrón. Siempre estaba ella, el encuadre era casi idéntico. Y en algunas, muy pocas, también estaba él. No de frente, él nunca de frente. Salía como si alguien hubiera intentado capturarlo, y al mismo tiempo ocultarlo.

Blanca alargó la mano y descolgó una de las fotos más pequeñas y la acercó despacio, con cierto temor.

Esta vez no fue un gesto ni una sombra lo que la golpeó; fue una sensación física: calor. Y con él, un recuerdo que no sospechaba tener en lugar alguno de su cabeza se abrió paso casi con furia: una mesa estrecha, sus rodillas rozándose por debajo y el instante exacto en el que él no se apartó. Blanca cerró los ojos.

—No te moviste… —susurró.

Entonces, en aquel momento, aquello no era siquiera una cita. No era una historia aún, se trataba del principio de algo que ninguno de los dos había nombrado.

—Si esto complica las cosas… —empezó ella.

—Ya estaban complicadas —respondió él.

Esa voz otra vez. Clara. Cercana. Imposible de confundir.

Blanca apretó la fotografía con más fuerza de la que pretendía.

Tú no querías salvarme —dijo en voz alta, abriendo los ojos—. Por eso confié en ti.

La diferencia la atravesó. Todo su mundo anterior había sido decisiones tomadas por otros para y por ella; también las que le parecieron propias. Él no.

Un destello metálico en la esquina del despacho captó su atención. Blanca giró la cabeza y vio sobre la mesa, medio oculto bajo un montón de carpetas, un marco distinto, más grueso y también más antiguo. Se acercó despacio, apartando papeles sin cuidado, sin orden, sin pensar más que en ese marco. Algo le decía que eso no estaba colocado así y allí al azar. Cuando levantó el marco, lo supo incluso antes de mirar: era la única foto que no intentaba esconder nada. La única.

Blanca la observó, y el aire desapareció unos segundos. No era un reflejo, ni una silueta o una sombra, él estaba ahí, a su lado. No tocándola, pero demasiado cerca como para negar lo evidente. Su cuerpo ligeramente inclinado hacia ella, su expresión entre la contención y algo mucho más profundo. Y Blanca no miraba a cámara, lo miraba a él, y de un modo muy claro, como si todo lo demás no existiera.

—Dios… —exhaló.

Su dedo tembló al acercarse al borde de la imagen.

—Te borraron —murmuró—. Pero no del todo.

En la esquina inferior, casi imperceptible, había algo más. Un número. No una fecha. Un código.

Blanca frunció el ceño y lo limpió con el pulgar: A-17

Un golpe seco resonó justo detrás de ella, a su espalda, y Blanca se giró de inmediato. La puerta del despacho estaba abierta, y él —no el de las fotos— estaba apoyado en el marco, observándola con una calma que no era tranquilidad. Era algo que ella conocía muy bien, había sido sometida a ello durante muchos años: control.

—Sabía que empezarías por aquí —dijo.

Blanca no retrocedió. Apretó el marco contra su pecho.

—¿Quién eres?

El hombre ladeó ligeramente la cabeza, evaluándola, como si comparara lo que veía con un recuerdo previo.

Alguien que también intentó olvidarlo —respondió.

Una pausa. Y luego, más bajo:

Pero no lo consiguió tan bien como tú.

Blanca sostuvo su mirada, el miedo estaba, pero no mandaba.

—Entonces ayúdame a recordarlo —dijo.

El hombre esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible, y negó.

—Eso ya no depende de mí.

Sus ojos bajaron al marco que Blanca sujetaba.

—Depende de por qué elegiste borrarlo.

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue una cuenta atrás.

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